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En 2014 tuve uno de los trabajos más divertidos de mi vida: escribí una columna para una revista de modas. No escribí sobre modas –siempre me visto igual– pero pude ensayar textos ligeros sobre estilo de vida, poliamor, mariguana, soltería, etcétera. Cada mes entregaba un texto. Por supuesto, nada de eso vale la pena salvo como lo que fueron: divertimentos para un público que no compartía conmigo ningún otro interés (ni la política, la religión, la literatura, ni nada). Creo que la revista murió o cambió de dueño; el caso es que se acabó ese trabajo y reuní algunas de ellas; un amigo las puso en un PDF y le pedí un prólogo a Catalina Ruiz Navarro (Catalinapordios) que generosamente lo hizo. Acá lo saco del cajón.
El fin de los machos
Catalina Ruiz-Navarro
Hasta hace poco, Emiliano Ruiz Parra era conocido por su trabajo como cronista y reportero. Ruiz Parra entró al periodismo mexicano en el diario Reforma, en donde publicó una de las crónicas más extensas en la historia de ese periódico: la historia detrás de la muerte de veintidós personas en el naufragio de una plataforma de Pemex, más conocida como “La tragedia de la Usumacinta”. Para entonces Ruiz Parra advertía los planes de privatización del petróleo del gobierno mexicano, y su crónica es un reportaje juicioso sobre los muy reales efectos de las omisiones y negligencias de la recién reformada petrolera. “Morir por Pemex” fue nominada al Premio Nuevo Periodismo en el 2010 y dos años más tarde Ruiz Parra hizo parte del Segundo Encuentro de Nuevos Cronistas de Indias, convocado por CONACULTA y la Fundación Nuevo Periodismo. Ese mismo año Ruiz Parra publicó Ovejas negras, rebeldes de la iglesia mexicana del siglo XXI (Océano) que consiste en una serie de perfiles de defensores de los derechos humanos que hacen su trabajo desde y como miembros de la Iglesia católica.
Como ven, la biografía de Ruiz Parra cumple con los méritos para ser considerado uno de esos periodistas de calle, (“reporteros de oficio” se llaman a sí mismos) que van contando las historias que, después de aparecer un rato en la prensa, asumiremos como verdades. Por eso es de esperarse que, al dar el salto al periodismo de opinión, Ruiz Parra partiera también de las historias, de los testimonios de su familia y amigos (que para estas columnas se convirtieron en fuentes). Desde esas historias, Ruiz Parra nos cuenta sus puntos de vista sobre el mundo, lo hace, de nuevo, con otra virtud de reportero: haciendo preguntas.
Al lector desprevenido puede parecerle que, frente a los temas que Ruiz Parra ha trabajado como periodista, los que toca en estas columnas son demasiado mundanos o banales. En el periodismo, esos temas que caen dentro de la categoría de lifestyle, parecen poco urgentes frente a las noticias judiciales o políticas. Nada más equivocado. Es en nuestra vida cotidiana y con nuestro lifestyle que construimos las ideas y puntos de vista que se convertirán en la base de nuestro pensamiento político. Ruiz Parra recrea de manera amena lo que podrían ser conversaciones de una tarde de domingo y desde lo anecdótico llega a tocar temas más trascendentes como la legalización de las drogas, la ética, y de manera recurrente y -aunque no use la palabra- los feminismos.
Al preguntarse por los dilemas del “adulto contemporáneo” latinoamericano Ruiz Parra repara en muchas desigualdades de género que se viven en la vida cotidiana. Habla de cómo todos los cambios que han venido con la liberación femenina en lo laboral y lo político afectan a los hombres en lo cotidiano y lo emocional. Así es como Ruiz Parra llega a preguntarse por lo que implica que una mujer sea mayor que su pareja o que ella lleve el peso económico en una relación heterosexual, o del desconcierto que para muchos significa el poliamor.
Ruiz Parra se ubica en ese lugar del hombre, letrado, blanco (nuestros países, trigueño) que se enfrenta con ser adulto en un mundo que no es el de sus padres, en un escenario social en el que los roles de género ya no están escritos en piedra; lo que algunos llaman “la crisis de las masculinidades”. Ruiz Parra concluye en un momento: “Si somos un poco autocríticos, nos daremos cuenta de que nuestra concepción de machos proveedores oculta un complejo de inferioridad: no nos merecemos gratuitamente el cariño de nuestras parejas y debemos ganarlo todo el tiempo.” Es cierto. Hubo un tiempo en el que con ser hombre bastaba para tener acceso a educación, trabajo, y hasta amor. Así estaba escrito en el libreto, desde la Edad Media hasta la Modernidad. Pero en nuestro mundo posmoderno el libreto hace rato se fue a la basura, y lo que se escucha es una cansada retahíla de algunos que memorizaron sus líneas y las repiten con vehemencia para enfrentar el miedo que produce una nueva situación.
Ese inminente “fin de los machos” (como los conocemos) es el eje de las columnas de Ruiz Parra. Lo verdaderamente interesante es que no se acerca a ese vacío desde el rechazo sino con una clara noción de que el contexto ha cambiado (para bien, en este caso) y con una generosa disposición de reinventarse según las nuevas circunstancias. Lo que Ruiz Parra entiende en el ejercicio de estas columnas es que “el macho”, si quieren “el macho mexicano”, tiene que cuestionarse a sí mismo la manera en que vive, trabaja, desea y ama. Con estas indagaciones Ruiz Parra muestra que, lejos de ser una condena o una pérdida de poder, el mundo contemporáneo le abre a los hombres la posibilidad de ser sensibles, multidimensionales, la posibilidad de desarrollar su personalidad como quieran sin las paredes de “los machos”, hechas de deseos atragantados.
@Catalinapordios
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