Cuando fui columnista de modas

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En 2014 tuve uno de los trabajos más divertidos de mi vida: escribí una columna para una revista de modas. No escribí sobre modas –siempre me visto igual– pero pude ensayar textos ligeros sobre estilo de vida, poliamor, mariguana, soltería, etcétera. Cada mes entregaba un texto. Por supuesto, nada de eso vale la pena salvo como lo que fueron: divertimentos para un público que no compartía conmigo ningún otro interés (ni la política, la religión, la literatura, ni nada). Creo que la revista murió o cambió de dueño; el caso es que se acabó ese trabajo y reuní algunas de ellas; un amigo las puso en un PDF y le pedí un prólogo a Catalina Ruiz Navarro (Catalinapordios) que generosamente lo hizo. Acá lo saco del cajón.

El fin de los machos

Catalina Ruiz-Navarro

Hasta hace poco, Emiliano Ruiz Parra era conocido por su trabajo como cronista y reportero. Ruiz Parra entró al periodismo mexicano en el diario Reforma, en donde publicó una de las crónicas más extensas en la historia de ese periódico: la historia detrás de la muerte de veintidós personas en el naufragio de una plataforma de Pemex, más conocida como “La tragedia de la Usumacinta”. Para entonces Ruiz Parra advertía los planes de privatización del petróleo del gobierno mexicano, y su crónica es un reportaje juicioso sobre los muy reales efectos de las omisiones y negligencias de la recién reformada petrolera. “Morir por Pemex” fue nominada al Premio Nuevo Periodismo en el 2010 y dos años más tarde Ruiz Parra hizo parte del Segundo Encuentro de Nuevos Cronistas de Indias, convocado por CONACULTA y la Fundación Nuevo Periodismo. Ese mismo año Ruiz Parra publicó Ovejas negras, rebeldes de la iglesia mexicana del siglo XXI (Océano) que consiste en una serie de perfiles de defensores de los derechos humanos que hacen su trabajo desde y como miembros de la Iglesia católica.

Como ven, la biografía de Ruiz Parra cumple con los méritos para ser considerado uno de esos periodistas de calle, (“reporteros de oficio” se llaman a sí mismos) que van contando las historias que, después de aparecer un rato en la prensa, asumiremos como verdades. Por eso es de esperarse que, al dar el salto al periodismo de opinión, Ruiz Parra partiera también de las historias, de los testimonios de su familia y amigos (que para estas columnas se convirtieron en fuentes). Desde esas historias, Ruiz Parra nos cuenta sus puntos de vista sobre el mundo, lo hace, de nuevo, con otra virtud de reportero: haciendo preguntas. 

Al lector desprevenido puede parecerle que, frente a los temas que Ruiz Parra ha trabajado como periodista, los que toca en estas columnas son demasiado mundanos o banales. En el periodismo, esos temas que caen dentro de la categoría de lifestyle, parecen poco urgentes frente a las noticias judiciales o políticas. Nada más equivocado. Es en nuestra vida cotidiana y con nuestro lifestyle que construimos las ideas y puntos de vista que se convertirán en la base de nuestro pensamiento político. Ruiz Parra recrea de manera amena lo que podrían ser conversaciones de una tarde de domingo y desde lo anecdótico llega a tocar temas más trascendentes como la legalización de las drogas, la ética, y de manera recurrente y -aunque no use la palabra- los feminismos. 

Al preguntarse por los dilemas del “adulto contemporáneo” latinoamericano Ruiz Parra repara en muchas desigualdades de género que se viven en la vida cotidiana. Habla de cómo todos los cambios que han venido con la liberación femenina en lo laboral y lo político afectan a los hombres en lo cotidiano y lo emocional. Así es como Ruiz Parra llega a preguntarse por lo que implica que una mujer sea mayor que su pareja o que ella lleve el peso económico en una relación heterosexual, o del desconcierto que para muchos significa el poliamor. 

Ruiz Parra se ubica en ese lugar del hombre, letrado, blanco (nuestros países, trigueño) que se enfrenta con ser adulto en un mundo que no es el de sus padres, en un escenario social en el que los roles de género ya no están escritos en piedra; lo que algunos llaman “la crisis de las masculinidades”. Ruiz Parra concluye en un momento: “Si somos un poco autocríticos, nos daremos cuenta de que nuestra concepción de machos proveedores oculta un complejo de inferioridad: no nos merecemos gratuitamente el cariño de nuestras parejas y debemos ganarlo todo el tiempo.” Es cierto. Hubo un tiempo en el que con ser hombre bastaba para tener acceso a educación, trabajo, y hasta amor. Así estaba escrito en el libreto, desde la Edad Media hasta la Modernidad. Pero en nuestro mundo posmoderno el libreto hace rato se fue a la basura, y lo que se escucha es una cansada retahíla de algunos que memorizaron sus líneas y las repiten con vehemencia para enfrentar el miedo que produce una nueva situación. 

Ese inminente “fin de los machos” (como los conocemos) es el eje de las columnas de Ruiz Parra. Lo verdaderamente interesante es que no se acerca a ese vacío desde el rechazo sino con una clara noción de que el contexto ha cambiado (para bien, en este caso) y con una generosa disposición de reinventarse según las nuevas circunstancias. Lo que Ruiz Parra entiende en el ejercicio de estas columnas es que “el macho”, si quieren “el macho mexicano”, tiene que cuestionarse a sí mismo la manera en que vive, trabaja, desea y ama. Con estas indagaciones Ruiz Parra muestra que, lejos de ser una condena o una pérdida de poder, el mundo contemporáneo le abre a los hombres la posibilidad de ser sensibles, multidimensionales, la posibilidad de desarrollar su personalidad como quieran sin las paredes de “los machos”, hechas de deseos atragantados.  

@Catalinapordios­­

Fingir novios

En el último mes recibí tres invitaciones parecidas:

“¿Quieres ser mi date para una boda?”

            Dos de esos matrimonios se celebraban en la Ciudad de México; el tercero, en esa región llamada el Bajío en donde la historia se congeló antes de los Beatles.

            El plan era simple: ponerme un traje oscuro y brillar mi mejor sonrisa a las mamás, tías, primas y amigas de alguna de las tres chicas que me invitaba.

            Si nos preguntaban, “¿son novios?”, no hacía falta mentir. Mi tarea era quedarme callado y ella respondería: “estamos saliendo”, esa fórmula ambigua que deja la puerta abierta al abanico que va del “es complicado” hasta “en una de ésas nos casamos”.

            Esas mujeres están cansadas de besar sapos. Rondan los treinta y tantos y se encuentran en el mejor momento de su vida profesional. Rompieron largos noviazgos cuando salían de los veinte y se han vuelto exigentes: quieren una pareja que se adapte a su carrera, respete sus espacios y, al mismo tiempo, siga los rituales: las flores, la cena, el anillo, la boda. Que sea inteligente, proveedor, tierno, firme, etcétera.

            La vida no siempre les ofrece ese tipo de hombres. Por el contrario, surgen los listos (o pasados de listos) que salen con dos, tres o cuatro mujeres al mismo tiempo, toda una proeza en tiempos del smartphone. O los aventureros del amor que prueban aquí y allá.

Y el príncipe azul posmoderno se resiste a aparecer.

            Mientras tanto, la presión social y familiar se torna cada día más fuerte. Una amiga periodista se imaginaba este diálogo en la cocina de la casa de sus abuelos:

            —Tía Magos, me nombraron directora del New York Times.

            —Qué bueno, mijita, ¿y ya tienes novio?

            Esas mujeres fuertes y exitosas están dispuestas a esperar hasta que encuentren un hombre que valga la pena, pero sus familias no. Tías, abuelas y madres anhelan una señal de que su niña no está cursando el propedéutico de solterona. A las madres se les despierta el deseo de convertirse en abuelas y no ceden hasta ver a sus hijas encargando chamacos.

Conté estas anécdotas para darle contexto a la pregunta del debate: ¿fingir un noviazgo? Y no me refiero a los casos extremos como el de mi amiga Luz María, que durante años representó el papel de novia de Orlando. Pero en su caso era un acto de solidaridad con él, un gay que nunca se atrevió a salir del clóset hasta que se fue a vivir a Nueva York.

Me refiero a ceder o no a la presión de las redes femeninas de toda mujer: una red que, al final del día, valora menos los éxitos profesionales y se preocupa por la preservación de la especie. A los ojos de ese círculo, lo importante es reclutar un marido, vestirse de blanco frente a un sacerdote (mejor si es Legionario o del Opus) y jurarse amor eterno.

Podría ponerme en una posición moralista y decir que no, que hay que hablar siempre con la verdad y romper con las cadenas impuestas por esa red de casamenteros y celestinas. Pero no sería realista. Así que mi respuesta es simple: sí, se vale fingir noviazgos. Incluso uno distinto para cada evento social (así las primas pensarán que ustedes son rigurosas en su selección y siguen probando candidatos).

Nunca es fácil, claro, encontrar un date presentable para esos eventos: se puede recurrir al amigo forever alone, pero aun ésos encuentran una novia de verdad el día menos pensado y dejan de estar disponibles como adorno de bodas.

Se trata de ganar tiempo. Un poco más. El príncipe azul posmoderno llegará. Mientras tanto, a darle a las madres, tías, primas y abuelas una pizca de tranquilidad. Que digan: “mijita trajo un sapo a la casa, sí, pero es su sapo”.

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Animales muertos

Mi homeópata siempre me regaña por comer animales muertos. Así le llama al pollo, la res y el pescado, que constituyen la base de mi alimentación. Nunca terminaré de ser un hombre sano —me dice— si no renuncio a ese hábito salvaje.

            El argumento de mi médico es un poco old-fashion. En la década de los setenta del siglo XX se puso de moda el vegetarianismo con el mantra “mente sana en cuerpo sano”. Los hippies descubrieron que las carnes estaban llenas de toxinas y apostaron por purificarse a través de verduras y granos.

            Desde el inicio del siglo XXI una nueva preocupación recorrió a la opinión pública mundial: el cambio climático. La ciencia demostró que las actividades humanas han provocado un aumento en la temperatura de nuestro planeta. Los glaciares polares se derriten, algunas islas se van a hundir y cientos de especies de la fauna y la flora se extinguirán. La catástrofe nos alcanzará a todos: habrá más huracanes —y más fuertes— y menos alimento.

            Nuestro consumo de carne está relacionado con el calentamiento global. Los ganaderos talan bosques y los sustituyen por pastizales donde pacen las vacas (y los bosques son esenciales para mantener el equilibrio ambiental). Pero ocurre algo peor: los pedos de las vacas son más contaminantes que las emisiones de los automóviles.

            No es broma. El aparato digestivo vacuno produce metano y óxido nitroso. Un solo gramo de óxido nitroso equivale a casi trescientos gramos de dióxido de carbono (lo que emiten los carros). Una vaca lechera se tira en un día tantas flatulencias como un coche en cincuenta kilómetros de carretera. Por eso la Organización Mundial para la Agricultura y la Alimentación (FAO) sostiene que la ganadería arroja el 18 por ciento de gases de efecto invernadero.

            Y si el desafío ambiental no te ha convencido, va uno más: desde hace algunos años el principal argumento para volverse vegetariano —por lo menos en Europa— es de carácter moral: los animales ya no deben ser vistos como recursos a nuestra disposición, sino como sujetos. Y por lo tanto tienen derechos.

            Hay diversas bases filosóficas para esta postura. La idea de los derechos se ha desarrollado, en parte, para evitar dolor y sufrimiento innecesarios en las personas. Si los animales poseen un sistema nervioso complejo y por lo tanto tienen la capacidad de sentir dolor, ¿por qué negarles el derecho a un trato digno?

La industria de la carne inflige dolor cada segundo: los animales son hacinados, bombardeados con hormonas y asesinados —casi siempre— con crueldad. Si quieres abundar en este argumento, te recomiendo Elizabeth Costello, una novela del premio nobel sudafricano J. M. Coetzee.

Es curioso nuestro mundo. Cada día se produce comida para alimentar a doce mil millones de personas pero 900 millones padecen hambre (y cada día mueren 25 mil por esta causa). “El hambre siempre es cosa de otros”, dice el periodista argentino Martín Caparrós, autor del libro El hambre. Para empezar a corregir esta tremenda injusticia quizá un buen principio sea reflexionar sobre lo que comemos.

Como sea, el vegetarianismo ya no es sólo un asunto de salud. Se ha ido convirtiendo en una causa ambiental, política y moral. Si reducimos nuestro consumo de carne, se arrasarán menos bosques; habrá menos vacas arrojando gases de efecto invernadero a la atmósfera, y menos animales sufrirán tratos crueles en los rastros del mundo. De paso, haremos conciencia de que la comida también es un derecho que se niega  a millones de personas.

Quizá convertirse en vegetariano de un día para otro resulte una decisión extrema. Pero las proteínas de la carne se pueden sustituir con otros alimentos. Un paso concreto para quienes decidimos seguir comiendo carne es reducir su cantidad: la verdad es que comemos bastante más de la necesaria.

Se trata de una decisión personal, concreta y simple, que puede contribuir seriamente a resolver grandes problemas del mundo. Digno de echarle una pensada, ¿no?

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Mantenidos

Mi familia era muy progre, pero de cualquier manera uno de los insultos más fuertes era mantenido. Así le decían al tío Ramiro a sus espaldas, que ni sufría ni se acongojaba. Lo que había detrás de ese adjetivo era un cuestionamiento a su hombría: si no era proveedor en la mesa, ¿en dónde más sí podría serlo?

            El economista coreano Ja-Hoon Chang, profesor de la Universidad de Cambridge, sostiene que la lavadora —y otros electrodomésticos— cambiaron el mundo de modo dramático (más dramático que el internet), porque liberaron a la mujer de muchísimas horas de trabajo en casa y le permitieron salir a la calle a buscar empleo.

            En México, las mujeres ganaron el derecho a votar hace sesenta años. En el Congreso de la Unión, sin embargo, hay dos hombres por cada mujer. Y ni hablar de los cargos directivos en las grandes empresas, en donde hay apenas un 10 por ciento de mujeres.

            La vida pública sigue siendo un espacio dominado por varones, pero en la vida privada las mujeres asumen cada día un papel más protagónico. Se convierten en proveedoras del hogar. Es cada vez más común que ganen más que sus maridos y tengan mejores puestos de trabajo. A veces los hombres pasan meses sin empleo y dependen del sueldo de sus parejas.

Por más open-mind que nos creamos, para los hombres eso significa un shock. Tenemos mentalidad de cazadores. Queremos llegar a nuestra cueva con un jabalí en los hombros y ser recompensados por ello. Basamos nuestro poder de machos en el control del dinero, muchas veces sin darnos cuenta. Cuando lo perdemos, se tambalea el suelo bajo nuestros pies.

Por eso mi respuesta es simple: sí, sí queremos que nos mantengan las mujeres, pero no para acostarnos en una hamaca a ver televisión (bueno, un ratito) sino para liberar nuestras mentes. Si somos un poco autocríticos, nos daremos cuenta de que nuestra concepción de machos proveedores oculta un complejo de inferioridad: no nos merecemos gratuitamente el cariño de nuestras parejas y debemos ganarlo todo el tiempo.

Tengo amigos que se morirían de hambre si pasaran un día sin sus mujeres. Nunca han freído un huevo ni han lavado sus calcetines. Si no fuera por sus esposas, no habrían llegado a ser gobernadores, novelistas u hombres de negocios.

Sí, que nos mantengan las mujeres. Pero los derechos implican obligaciones y éste no debe ser la excepción. Con todo y la lavadora, el trabajo doméstico sigue siendo agotador. Y lo más pesado sigue siendo la crianza de los hijos, que durante años requieren atención las veinticuatro horas. Lo peor del caso es que se trata de trabajos invisibles: no se reconocen, no se pagan, no se contabilizan como actividades productivas.

Mi propuesta es sencilla: más mujeres en la vida pública —quiero decir, en el poder político, empresarial y cultural— y más hombres en la vida privada: cambiando pañales, preparando la comida, lavando la ropa, cuidando la casa y educando a los niños.

Que nos mantengan, sí, pero para que equilibremos la carga. Eso ocurrirá, estoy seguro, tarde o temprano. Y entonces recordaré a mi tío Ramiro no como un haragán, sino como un hombre adelantado a su época que nos dio un poco de luz de hacia dónde caminar en el futuro.

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Ligar por internet

Hace cinco años, Liliana y yo coincidimos en la misma universidad de Londres. Los dos nos inscribimos en páginas de matchmaking, pero yo me di de alta en un sitio gratuito. Me parecía un exceso las ¡cien libras esterlinas! que ella pagó para que apareciera su perfil en una red social exclusiva. Los resultados están a la vista: yo nunca pasé de agradables caminatas por el Támesis con otras becarias, mientras que Liliana se casó con un pelirrojo millonario.

            En nuestra época ya no dependemos del casting metafísico, como lo llamaba el escritor Hugo Argüelles. Es decir, de todas aquellas casualidades que nos llevaban a conocer a nuestras parejas, ya sea las eventuales o las duraderas. Si mi madre no hubiera perdido un año de la prepa —por razones que no vienen a cuento— no habría conocido a mi padre y alguien más escribiría esta columna. Ya no es así.

            Ahora podemos importar a nuestra vida a la pareja ideal. Damos de alta una “narrativa” de nosotros mismos, subimos nuestra mejor selfie y los filtros de la red nos conducirán con nuestras medias naranjas, georreferenciadas por GPS para no ir muy lejos, ¡la felicidad al alcance del smartphone! Si sólo queremos un encuentro sexual, ahí está Tinder (o Luxy si formamos parte del uno por ciento que es dueño del planeta) pero casi cualquier red social nos sirve para ver una foto, iniciar una charla o de plano stalkear a quien queramos.

            No voy a entrar al debate sobre la seguridad. Sabemos que ninguna red social es gratuita. Cierto, ni Google ni Facebook cobran en papel moneda, pero les pagamos con nuestra información personal y ve tú a saber para qué la usan. Estamos desnudos en internet, ubicables las veinticuatro horas, y nada más fácil para un hacker que espiar chats privados. Además sabemos que del otro lado de la pantalla podría haber psicópatas, feminicidas, abusadores de niños y otras atrocidades. Pero de eso no me ocuparé hoy.

            Mi pregunta es: si la tecnología filtra nuestra ubicación, gustos, afinidades, conocidos comunes y un largo etcétera hasta dar con nuestras chicas o chicos ideales, ¿por qué esta generación de millennials (a la que pertenezco por un pelito) se siente tan sola? Díganme si no: tenemos miles de amigos en Facebook, cientos de seguidores en Twitter, una larga lista de contactos en Whatsapp y, sin embargo, estamos solos, checando el teléfono cada cinco minutos y nada nos hace más felices que el sonido de una notificación, porque en ese momento existimos para alguien más. Patético.

            Los tiempos han cambiado, es cierto: con el teléfono cargamos la oficina a casa y ya no tenemos tiempo de calidad para los demás. Los salarios ahora son más bajos y así podría seguirme con factores ambientales, que sin duda pesan. Pero hay algo más: el amor requiere una renuncia, un abandono de sí mismo en los brazos de otra persona. Vencer el miedo y mirar más allá de nuestros intereses como individuo. Y eso, me temo, lo hemos ido perdiendo. El internet tampoco ayuda: construye la ilusión de la cercanía, pero darle like o favear a alguien no significa estar con él.

            El internet es una herramienta más como lo han sido el correo postal, el teléfono y algunas piezas de museo como los faxes y los bípers. Nos la pone más fácil para ligar y qué bueno. Sin correo electrónico ni mensajería de Facebook y Twitter yo no habría tenido mis dos últimos y fabulosos noviazgos.

Pero hay que estar alerta. Las redes sociales, las matchmaking apps y sitios de ligue nos podrán sugerir a los mejores candidatos para darnos felicidad, pero después viene el camino de siempre: aprender a entender al otro, renunciar a una agenda individual por una de pareja, aprender a amar a su familia y hasta su pasado, como lo hicieron mis amigos: el pelirrojo millonario, para quedarse con Liliana, supo cumplir con todo eso y más, y ahora alterna su tiempo entre curries londinenses y el mole de Oaxaca de su suegra.

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Comunidades amatorias

Rompen las olas del Océano Pacífico sobre la playa dorada. Las parejas se acuestan en las hamacas a recibir la brisa y escuchar el canto del mar. Un hombre rubio se acerca a la recepción y pide que le cuelguen una tercera hamaca en el exterior de su cabaña.

Esa noche coincidimos en el bar y me cuenta su historia: se llama Julien y pertenece a una “pareja de tres” con Mariana y Ernesto. Nacido en París, conoció a Mariana en un viaje de trabajo, se enamoró de ella y se estableció en la Ciudad de México. Pero Mariana pertenecía a un colectivo de relaciones poliamorosas y estaba en una “relación abierta” con Ernesto, un programador de software.

Julien acepto integrarse la pareja y solo puso una condición: fidelidad. Ningún otro miembro más en la familia. La relación abierta tenía que cerrarse con esos tres integrantes.

Con la historia de Julien, caí en cuenta en que el poliamor representa el desafío más relevante a la idea tradicional de familia: ni siquiera los matrimonios universales (entre personas del mismo sexo) retan de esa manera a la imaginación. Las parejas de gays y lesbianas no son más que un espejo del matrimonio tradicional. Reclaman los mismos derechos y por lo regular se someten a la misma obligación, la monogamia.

En el poliamor las reglas son distintas: con Julien, su familia afectiva era de tres. Pero hay casos en que el número sube a cuatro o a cinco: prácticamente una tribu amatoria. Y si bien algunas relaciones poliamorosas se imponen fidelidad, en otros casos permanecen como relaciones abiertas.

Durante miles de años, el ser humano practico el poliamor. Cuando nacían los niños, nadie tenía claro quién era el padre biológico y a nadie le importaba, porque todos los hombres de la tribu eran sus padres. Hace apenas unos diez mil años descubrimos la agricultura y nos hicimos sedentarios, luego vinieron las civilizaciones, las religiones y la propiedad privada.

En esa sucesión de hechos surgió la familia tradicional y de inmediato se convirtió en un baluarte de la propiedad privada, pues, ¿para qué comprar casas y ahorrar dinero si no nos llevaremos nada a la tumba? Con la familia tradicional sabemos que nuestro patrimonio quedara en manos de quien porta nuestra misma sangre. Por eso la fidelidad es un requisito indispensable en las relaciones de pareja. Y los celos, su mejor defensa.

Y de ahí que el poliamor resulte tan disruptivo: los lazos consanguíneos se vuelven irrelevantes. El amor ya no está destinado a preservar un linaje. Es una vuelta a nuestra edad primitiva donde se desata de las obligaciones que le ha impuesto la civilización: conservar apellidos, herencias y costumbres. Por eso remara a contracorriente y será perseguido. 

En lo personal, mi única experiencia poliamorosa (hasta donde yo sé) me ocurrió cuando estaba enamorado de una chica que me pidió tiempo de “cerrar” su relación anterior. Fue una tortura saber que seguía saliendo con otra persona. Yo no estaba preparado para dar ese salto y terminó mal. Quizá el poliamor no sea para mí pero de respeto y defiendo esa nueva manera de establecer vínculos. Cuando todas las partes están de acuerdo, me parece liberadora y constructiva.

Antes de despedirme, le pregunte a Julien sobre sus planes: tener un hijo, respondió. De Ernesto, de Mariana y suyo propio. Traerlo a jugar a la playa. Con su madre y sus dos papas. Su hijo, añadió, llevara los apellidos de los tres.

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En defensa de los senos pequeños

Esta columna es un llamado a las mujeres de senos pequeños: si están pensando en ponerse implantes mamarios, por favor no lo hagan. Sus pechos son hermosos.

A ustedes, mujeres de senos pequeños, las hemos presionado desde la adolescencia. Lo hemos hecho desde nuestra pobrísima educación sexual de jovencitos que se desfogan mirando películas pornográficas en donde los penes parecieran más de caballos que de hombres, y las medidas de las mujeres van mucho más allá de lo posible.

Esa presión ha llegado a extremos preocupantes. Como regalo de quince años, niñas colombianas piden a sus padres implantes de silicona. Con el auge del narco, en ese país se impuso la moda de que cada traqueto (narcomenudista) debía poseer una camioneta de lujo y una novia pechugona. Sin tetas no había paraíso.

Y los resultados están a la vista: miles de mujeres empotraron dos globos en su pecho. Obtuvieron senos grandes y firmes, pero rompieron con la armonía de sus cuerpos. Pareciera que esas tetas tuvieran vida propia, siempre duras y mirando de frente.

Y, créanme, no hay experiencia más bella que rozar el pezón y mirar un seno levantarse como una flor al romper el alba. Y ese brote siempre es mucho más volcánico en un busto pequeño que en uno enorme.

Resistan, mujeres de senos pequeños. La suya es una belleza de escultura griega. Piensen en la atracción que ejercen Keyra Knightley, Natalie Portman, Gwyneth Paltrow. Rellenarse el pecho es una concesión a los eternos adolescentes. Significa ceder frente a los programas de concursos en donde mujeres de grandes tetas aplauden como focas. Eso no es bello.

Las mujeres a gusto con sus senos pequeños caminan con altivez. Están menos expuestas a las miradas agresivas de los desconocidos y sus senos se caerán menos con los años. Y la moda les ha dado un corte estupendo para lucir su talle, el escote en V.

Vivimos en una época de artificio. En las portadas de las revistas, en las series y hasta en los selfies más virales prevalecen las imágenes de senos, nalgas y labios hinchados por el bótox o el bisturí. A esa ola hay que oponer la belleza natural de las mujeres normales, ya sean de senos grandes o pequeños. 

Y termino este elogio de los pechos pequeños con una confesión personal: lo mío, lo mío, son las piernas. A las bonitas piernas, siempre, una mirada furtiva y una colección de fantasías.

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La última llamada

Luis Eduardo pretendió a mi amiga Sofía durante dos años.

            —Es güero, y nunca me han gustado los güeros —explicaba ella.

Pero la razón de fondo era simple: No le despertaba pasión. Además era diez años menor que ella y a Sofía le pesaba la diferencia de edad. Por fin el rubito se resignó y fueron amigos. Trabajaban en un complejo de oficinas con miles de empleados y de vez en cuando se encontraban en el comedor.

            Hace unos meses a Sofía le llegó la última llamada. La vida se llenaba de ambigüedades: había alcanzado la posición más alta en su terreno profesional, pero en cinco años no le habían subido el sueldo con la misma excusa: la crisis financiera internacional. Por fin se compraba una casa, pero su deuda era cada vez mayor aunque pagaba a tiempo sus mensualidades.

            Siempre ha sido muy bella. Su cabello largo y rizado caía sobre su pecho firme. Nunca ha dejado de sonreír. Pero ha tenido mala suerte con las parejas. Hoy los cinco novios que le he conocido están casados, pero con otras mujeres.

            Sofía se acercaba a los cuarenta. Entre los treinta y los treinta y cuatro se había sentido muy joven para ser mamá. Luego tuvo muchísimo trabajo y recorrió el mundo en viajes de trabajo. De repente ya había llegado a los treinta y nueve.

Sintió un escalofrío el día de su cumpleaños: ¿estaría sola y sin hijos el resto de su vida? ¿Su sueño de usar un Vera Wang se esfumaría para siempre?, se preguntó mientras miraba las fotografías de Angelina Jolie vestida de blanco.

            Luis Eduardo reapareció con renovadas promesas de amor. Sofía lo consultó con su terapeuta: “Abre tu corazón”, aconsejó el psicólogo. Apenas encontró una rendija, Luis Eduardo se coló cargado de flores y detalles amorosos.

Tenía prisa: dame plazos para casarnos y tener hijos, le pidió él. Ella no estaba enamorada. Ni siquiera le parecía atractivo, pero le dio el sí al rubio pretendiente. Sofía sentía que ya había resuelto el problema: tendría marido y un padre para sus futuros hijos.

Una tarde dominical Sofía y Luis Eduardo veían la televisión cuando sonó la alerta de un mensaje. Sus IPhones eran idénticos y Sofía se asomó a la pantalla pensando que era el suyo: “Hola, corazón, ¿nos vamos a ver el martes?”.

            Luis Eduardo juró que se trataba de una relación antigua que ya no significaba nada. La chica había sido su novia años atrás en la ciudad de provincia en donde él había nacido. Ella seguía obsesionada a pesar de sus rechazos, pero sólo Sofía estaba en su corazón, juraba él.

Sofía le pidió una prueba de amor: Luis Eduardo escribió en su Twitter y Facebook: “el amor de mi vida está en el DF”.

            Transcurrieron algunos meses de intensa compañía hasta que el güero tuvo que hacer constantes viajes. Un domingo, Sofía se enteró de que Luis Eduardo visitaría su ciudad natal en una comisión de trabajo. Esa noche se fue a la cama con un mal presentimiento.

            Sofía se asomó a la cuenta de  Twitter de la (supuesta) ex novia de Luis Eduardo. No le dio crédito a sus ojos: una fotografía de su mano izquierda con un anillo de compromiso, ¡de una promesa matrimonial de Luis Eduardo! Anunciaba una próxima boda y felicidad eterna. A las pocas horas él mismo la retuiteó.

            Sofía tardó meses en recuperarse. Le consoló pensar que se había tratado de una venganza: dos años de rechazo se habían acumulado en forma de resentimiento y el joven rubito había regresado a cobrarle caro su desprecio.

            Una vez más me he distraído contando una historia pero creo que las historias son más convincentes que los argumentos. Quise poner en cuestión la angustia de mujeres que sienten que su tiempo se agota. La pregunta de este debate: “Última llamada, ¿aceptar lo que sea?” Sofía respondió Sí.

            Pero pongamos las cosas en claro: es falso que el último tren pase a los treinta y cinco. Jean Twenge, psicóloga de la Universidad de San Diego, escribió un libro esencial: An Impatient Woman’s Guide to Getting Pregnant. Twenge se casó de treinta y cuatro. Angustiada, emprendió una investigación sobre fertilidad. Los médicos le repetían como un mantra que después de los treinta y cinco se complicaba embarazarse.

            Sorpresa: resulta que esos datos son más viejos que la Revolución Francesa. En serio. Vienen de la Francia del siglo XVIII. Los números frescos indican otra cosa: 80 por ciento de las mujeres arriba de los treinta y cinco que buscaron embarazarse lo consiguieron en el primer año.

            Esta historia no tiene final feliz aún. Pero lo tendrá. Sofía aprendió la lección: no hay que aceptar lo que sea. Desde aquí le decimos: la “última llamada” no llega a los treinta y cinco y ni siquiera a los treinta y nueve. Y lo más importante: más vale elegir bien. Tras esa sorpresa, ¡qué afortunada resultó de no casarse con un desequilibrado!

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El demonio verde

¿Será cool fumar mariguana?Sí. Sin duda será cool. Por fin la mariguana dejará de ser vista como el demonio verde y recuperará el papel que tuvo antes del siglo XX: como una droga —también el café es una droga— que no ha matado a nadie y que, bien usada, puede llevar a una sana diversión o incluso a estados de introspección que no le vienen mal a nadie.

Me dirá usted: ¿qué tiene de cool darle un jalón a un cigarro apestoso y en un minuto tener los ojos enrojecidos y la boca seca al punto de no poder hablar? Es cierto, pero compare los beneficios: acaso lo agarre el payaso y se ría como nunca en su vida. O podrá disfrutar un concierto con el oído más refinado que nunca, distinguir todos los sabores de una copa de vino (por fin notará esas nueces, quesos y frambuesas de las que hablan los expertos) y, si dispone de una buena compañía, quizá tenga sexo memorable.

Las drogas prohibidas son caras y están estigmatizadas. Antes de los veintiocho años, mi mejor amigo se había metido unos doscientos cincuenta mil dólares en sustancias ilegales. ¡Qué desperdicio! Aunque estaban prohibidas, de todas maneras las consiguió, vendidas o regaladas, y las metió a su torrente sanguíneo. Durante años estuvo a merced de cuanto policía lo detectaba en la calle con los ojos rojos: “Nada afuera, todo adentro”, era su frase de batalla antes de soltar unos billetes.

Antonio Escohotado, el filósofo que más sabe sobre drogas —las ha probado todas— afirma que la prohibición provoca un efecto perverso: convierte a las drogas en una coartada para que los drogadictos justifiquen su holgazanería o su individualismo. Para los prohibicionistas, la droga es un demonio y el adicto es su víctima: “eres un farsante, pero quien te ha dado los argumentos para comportarte así, ha sido quien prohibió las drogas y les puso la consigna de engendros demoniacos”.

El alcohol es legal y nadie se espanta cuando se descorcha una botella al centro de la mesa. Sabemos que esa sustancia nos puede matar pero nadie arruina la fiesta echando un sermón. Como adultos, nos hacemos responsables de nuestro consumo.

Hay que repetirlo: la mariguana tiene una toxicidad bajísima; sus efectos adictivos son muy bajos —a diferencia del tabaco— y su impacto social (los delitos asociados con su consumo) es mucho menor comparado con el alcohol. Por el contrario, la prohibición estimula el mercado negro y le da millones de dólares a los narcos para que compren armas y contraten sicarios. Eso no es cool.

Una vez legalizada, habrá mariguana para conocedores: los más exigentes demandarán certificados de origen de California. Porque además la prohibición tiene mucho de farsa: los Estados Unidos se han convertido en el mayor productor del planeta, y sus motas hidropónicas contienen tres veces más Tetrahidrocannabinol —la sustancia activa— que las plantas mexicanas. Mota para atascados.

Así que sí: sí será cool fumar mariguana y no sólo porque la asimilaremos a la cultura como el mezcal y el whisky, sino porque sabremos que esa droga que nos pone tan contentos, sensibles —o bien nos puede llevar a estados de tristeza y llanto— está pagando impuestos y no está financiando las balas de una AK-47.

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La hora de los bebés

La mujer de Cristóbal se fue de su casa una mañana de febrero. Cristóbal confió en que era una ruptura temporal y que Majo volvería, hasta que ella le dio unfollow en Twitter. Indignado, él le dio unfriend en Facebook y así se consumó la separación de una prometedora pareja.

            Majo le había puesto un ultimátum: o me embarazo este mismo año o me voy de la casa. Hasta entonces, Cristóbal había sido un feliz conquistador de mujeres maduras: se beneficiaba de la experiencia de mujeres cinco, diez o hasta quince años mayores que él, que volvían a encender sus pasiones con el muchacho desparpajado de veintitantos.  

            Tras diversas relaciones breves, Cristóbal eligió como pareja a Majo, una mujer un par de años mayor. Pero Cristóbal no era ya el veinteañero de antaño, y Majo nadaba en las aguas de los treinta y cinco. Y ocurrió que el Facebook de Majo se llenó de fotografías de bebés: parecía como si un ventarrón cargado de polen hubiera pasado por las oficinas de la Ciudad de México y hubiera fecundado a todas las amigas de su generación.

            A la madre y a la abuela de Majo les pareció que había llegado el tiempo de los nietos. “¿Y ustedes cuándo van a tener hijos?”, preguntaba la suegra mientras Cristóbal fingía un ataque de tos con la cochinita pibil. Y por fin la naturaleza hizo su trabajo: a Majo se le despertó el instinto materno y exigió su derecho a embarazarse. Cristóbal pidió esperar unos años mientras miraba a Majo empacando su clóset.

            El desenlace de esa historia ya lo sabemos. Pero la traigo a cuento porque Cristóbal decidió, algún tiempo después de su ruptura con Majo, que ya no quería estar solo. Y puso su corazón en modo sensible hasta que se enamoró de una mujer —¡sorpresa!— doce años más joven. Cristóbal tardó algunos meses en su nuevo papel: explorar nuevos antros, descubrir la música de otra generación y hasta aprender un nuevo slang, porque el suyo sólo lo entendían sus amigos del dominó.

            De repente Cristóbal sintió que su reloj había avanzado y que se despertaba su instinto paterno. Arrebataba los bebés de sus primos y les cantaba canciones de cuna, y en la calle los niños se abrazaban a sus piernas pensando que era su padre. Ya habrás adivinado lo que Cristóbal le pidió a su joven novia.

            Me robé todo este espacio del debate para plantear una pregunta simple: ¿se debe ceder cuando la pareja exige tener hijos? Y aproveché la historia de mi primo Cristóbal —que me autorizó a publicarla si cambiaba su nombre— porque aparece en los dos lados de la ecuación: el instinto materno (o paterno) no es exclusivo de las mujeres.

            Estas crisis se resuelven casi siempre con un embarazo. Y el argumento a favor siempre es fuerte: si los hijos van a llegar finalmente, ¿para qué negárselos a la pareja cuando más los desea o cuando los treinta empiezan a alejarse? 

            Sin embargo quizá la historia de Cristóbal ofrezca una lección importante: una decisión para la vida no debe tomarse para complacer a nadie, ni siquiera a la persona más amada. Cristóbal se relajó. Cambió el dominó por los videojuegos y volvió a tomar shots de Jagërmaester, como no lo había hecho desde su graduación de la preparatoria.

            Le llamé antes de cerrar esta columna para preguntarle hasta cuándo postergaría su decisión: saludó muy rápido y cortó la llamada: estaba aprendiendo a bailar el perreo y no tenía tiempo de atenderme. 

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Pudo haber sucedido en Guanatos

Apenas firmó los papeles de divorcio, Chuy Pedro presentó a su nueva novia: una cubana joven y voluptuosa que se paseaba en pijamas transparentes frente a sus hijastros. Chuy Pedro había estado casado casi tres décadas con Eloísa. Tuvieron hijos, compraron casas y coches, viajaron por el mundo.

Pero Chuy Pedro y Eloísa provenían de una ciudad del Occidente del país en donde los hombres —sobre todo los hombres de familias decentes— deben tener amantes. Una por lo menos. Mejor si son dos o tres. Allá, las amantes son como los relojes o los caballos de carreras: es más fregón el que más tiene.

La ciudad es de profunda tradición católica, así que cada domingo esos maridos depositan generosas donaciones a la Iglesia y a sus congregaciones más santas (Legionarios y Opus Dei). Confiesan sus pecados y vuelven a sus vidas.

Eloísa soportó esta vida durante años. Ninguna esposa se engaña en esa ciudad. Todas saben que sus maridos cambian de amante más que de automóvil. Chuy Pedro, sin pudor, le presentó algunas de sus mujeres a sus hijos, a los hijos de Eloísa.

Muchos años después, Eloísa se hartó y pidió el divorcio. ¡Escándalo familiar! Sus hermanos le recordaron que nadie en su estirpe se había divorciado. ¿Por qué tendría que ser ella la primera?

Chuy Pedro también se opuso. Amaba a su mujer —dijo— y no veía ninguna razón para separarse. Pero Eloísa se obstinó hasta que firmaron los papeles.

Unos días después apareció la grácil noviecita cubana luciendo sus pijamas sexy frente a los hijos adolescentes de Chuy Pedro.

A pesar del escándalo, en esa familia todos son un poco más felices.

¿Esta historia le suena familiar? La traje a cuento para ilustrar una pregunta complicada: ¿divorciarse? ¿Y la familia?

Siempre conviene preguntarse, ¿qué nos trajo a una misma casa? En la Edad Media, las distintas mujeres de un caballero cumplían funciones específicas: con una tenían hijos —la esposa—; con otras se retozaba en el lecho; otra u otras criaban a los niños, lavaban la ropa y hacían la comida (cualquier parecido con nuestro presente es pura coincidencia).

La era moderna nos ha impuesto un ideal: una sola pareja debe representar todos los papeles: ser, al mismo tiempo, esposa, amante, amiga y compañera. Y, de unas décadas para acá, se espera también que sean profesionistas exitosas sin que dejen de ser buenas madres. ¿Algo más?

Hay siempre algo de locura en el amor y algo de razón en la locura, como dijo Nietzsche. Pero razón y locura no bastan.

Un matrimonio debería ser una conversación prolongada. Dos personas que se asocian para escucharse. Y el diálogo requiere respeto y honestidad. Y cuando estos dos cimientos se socavan ha llegado la hora de la separación. Y cada uno de nosotros sabe cuándo se han rebasado esos dos límites. Más vale reconocerlos antes de que aparezcan las pijamas sexy en la cocina.

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¡¡¡Putoooo!!!

Antes el futbol era cosa de hombres. En las tribunas los aficionados sacaban sus instintos masculinos más salvajes. En nuestro continente tuvimos a las barras argentinas y los ingleses llegaron al extremo de inventar a los hooligans. Los estadios nunca fueron salones para la conversación civilizada: si vas a un juego por lo menos debes perder la voz de gritarle porras a tu equipo favorito.

            Mientras escribo estas líneas Cristiano Ronaldo pasa un centro desde la banda derecha, que remata de cabeza Silvestre Varela y rescata, a favor de Portugal, un empate a dos goles con Estados Unidos. Cristiano o CR7 representa una ruptura con el prototipo del futbolista macho: se delinea las cejas, se dibuja una greca en el cabello y cada cinco minutos se mira en las pantallas gigantes para comprobar que no se ha despeinado. 

            En las tribunas la situación también ha cambiado. Ahora son miles las mujeres que pueblan los estadios. Beben cerveza y gritan con el mismo entusiasmo que los hombres. Hace unos años fingían interés en el futbol para complacer a sus parejas. Ahora se saben los nombres y las vidas de los jugadores.

            El futbol ya no representa a los machos alfa ni en la cancha ni en las tribunas. Y sin embargo los insultos siguen siendo los mismos. Hace unas semanas la FIFA, máxima autoridad mundial en el futbol, abrió un debate: los aficionados mexicanos en el Mundial de Brasil gritaban “¡Puto!” al portero rival antes de que lanzara un despeje. El guardameta de Camerún, de lengua francesa, quizá no entendió el grito de guerra lanzado por los mexicanos. Pero en Brasil puto significa prostituto y el portero brasileño Julio César y el resto de los anfitriones se enfurecieron.

            México es el país que más aficionados manda a los mundiales después de Alemania. Es decir, eso de que México es un país pobre por allá no se nota: decenas de miles de mexicanos gastan miles de dólares para llenar las tribunas con sus camisetas verdes. Nuestros compatriotas convierten los estadios mundialistas en una copia de los juegos de liga en México, y las mujeres corean las mismas porras con entusiasmo.

            La FIFA abrió una investigación por gritos homofóbicos. En México un número importante de comentaristas defendieron a la afición mexicana: gritar puto, dijeron, no es discriminatorio. Se trata de una vieja costumbre nacional que sólo pretende distraer al portero, pero nunca afectar a la población Lésbico-Gay-Bisexual-Transexual y Transgénero (LGBTT).

            ¿De verdad se creen ese argumento? Yo no. Para mí el grito es indefendible. Y no sólo porque pretenda reducir el ánimo de un jugador y cuestionarle su hombría. Es un dardo envenenado que se dispara contra un guardameta pero que va dirigido contra todos los gays, lesbianas y el resto de la minorías sexuales. Para ellos es un mensaje: la homosexualidad es una traición a la hombría y será escarnecida en público: en el estadio, se convierte en el peor insulto, lo que en Estados Unidos equivale a la N*word arrojada contra la población negra. 

            Los estadios no son salones de conversación diplomática. Nadie espera que se le rinda homenaje al rival. Pero vale la pena que la FIFA, o quien sea, nos recuerde que el odio a una minoría no es normal ni debe ser tolerado. Y ahora que las mujeres representan casi la mitad de la población de los estadios, habría que preguntarse por qué reproducen los peores gritos de los hombres. 

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Terapia sexual

“Todo tiene que ver con el sexo, excepto el sexo, que tiene que ver con el poder”, le dice Frank Underwood, protagonista de la serie House of Cards, a la periodista Zoe Barnes, con quien se acuesta a cambio de información privilegiada.

A principios de abril estalló un escándalo en México: un político de la capital del país disponía de una red de mujeres —no se sabe a ciencia cierta cuántas— que debían estar listas para satisfacer sus caprichos sexuales. Por esos mismos días, el Gobierno del Distrito Federal empezó a dotar de credenciales a las prostitutas.

Estos dos hechos provocaron múltiples debates, pero hay uno en el que me quiero concentrar: ¿la prostitución es siempre una explotación de la mujer —y, por lo tanto, hay que condenarla— o puede ser un contrato libre entre dos adultos, que intercambian sexo por dinero?

En principio, descarto la discusión acerca del “sexo sin amor” y si éste es bueno o malo. El sexo sin amor no hace daño ni provoca un “vacío” existencial. En la Grecia clásica nadie daba por sentado que el amor y el sexo debían proveerlo, necesariamente, la misma persona. Fue hasta la llegada del cristianismo que nos dijeron que ambas cosas debían ir juntas. ¡Menuda tarea ha sido desde entonces buscar la pareja perfecta!

El debate se pone mejor cuando los defensores de la prostitución dan sus argumentos. Dicen que los hombres tenemos un impulso sexual natural, tal como la sed y el hambre. Y añaden que la prostitución no implica comprar a una mujer, sino adquirir un servicio, de la misma manera que le pagamos a un plomero para que arregle una tubería.

Pero nadie se ha muerto por no tener sexo. Cierto, el sexo es un impulso natural, pero eso no significa que deba dominar a la gente. Conozco a un puñado de personas célibes (muy poquitas, es verdad) y (dicen que) no han perdido la razón.

Segundo: cuando un trabajador vende su mano de obra —dice la filósofa Carole Pateman— siempre está vendiendo su cuerpo: le da el derecho a su patrón de disponer de su tiempo y sus capacidades. No se puede desvincular “un servicio” del cuerpo que lo provee, menos con la prostitución.

Por eso tiene razón Frank Underwood: no es un problema de sexo sino de poder. ¿Por qué siempre que hablamos de prostitución pensamos en mujeres? ¿Cuántos varones proveen este servicio, y no para beneficio de otros hombres? Creo que muy pocos.

El problema de la prostitución es que sigue reflejando relaciones asimétricas entre mujeres y hombres. Los hombres son los que pagan —y mandan— y las mujeres las que quedan como subordinadas o súbditas. Y eso es lo que debemos combatir. Y entonces sí, pensar en un futuro en donde las mujeres y los hombres que vendan sus servicios sexuales se consideren “especialistas en terapia sexual”, de la misma manera que ahora pensamos en un nutriólogo o un quiropráctico.

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Maduras

—Tú y yo vamos a divertirnos, nos echaremos unos buenos polvos pero no podemos ser novios, sería una locura —me dijo ella.

Según ella nuestra relación era imposible porque era unos años mayor que yo. Sin embargo, debido a mi calvicie prematura parecíamos de la misma edad.

Las relaciones entre hombres mayores y mujeres jóvenes son una costumbre a lo largo de la historia. En la Edad Media, las familias nobles entregaban a sus hijas de ocho años a aristócratas de treinta y cinco con una sola condición: “no hacerles fuerza” hasta que las niñas cumplieran doce, la cancha oficial en la época. En nuestros días, José José ha cantado las glorias de los hombres de cuarenta con las muchachas de veinte.

Pero si un varón joven aspira a los amores de una mujer madura nuestra mentalidad se convulsiona. Recuerdo que mi madre tuvo un novio veinte años menor. Además de encantador era un gran cocinero, pero mi madre lo cortó una mañana que se vio al espejo y descubrió una arruga en su frente: “me volveré vieja y él seguirá siendo joven”, me explicó.

Cuando los hombres cortejamos a mujeres mayores, sus miedos afloran: uno, piensan que no las tomaremos en serio; dos, asumen que las desecharemos cuando nos parezcan viejas; tres, temen que les pediremos hijos cuando ellas ya no quieran ser madres. Esto lo supongo y no lo sé de cierto, ustedes me dirán.

No puedo hablar por el resto de los varones, pero sí puedo hacer una reflexión: los hombres nos enfrentamos a una crisis de masculinidad. Crecimos con la ideología de que ganaríamos el pan con el sudor de la frente y, a cambio, gobernaríamos nuestra casa como amos y señores.

En las clases medias este paradigma se desmorona. Las mujeres han ganado su autonomía financiera y se han convertido en sujetos de su destino. Me temo, sin embargo, que para ellas también hay una crisis de feminidad. ¿Se puede ser una mujer plena y feliz sin la figura del hombre que garantice seguridad? Si una mujer mayor se relaciona con un hombre joven, ¿ella asume el papel de ese proveedor o de garante de seguridad que estaba reservado al varón?

Estamos en la búsqueda de respuestas. Por lo pronto, hay que sepultar esos paradigmas en donde una de las dos partes se sienta obligada a ser más fuerte que la otra. Aspiremos a la igualdad. Y no, morena hermosa, no era una locura enamorarse de un hombre más joven.

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Capricornio y gallo, ascendente escorpión

La maestra Esperanza Robledo era la encargada de la sección de música clásica del periódico más importante de México. Un día escuchó la obra de un joven compositor y le pareció pésima. Llenó una página con durísimas críticas…

Al cabo de dos horas se arrepintió. ¿Quién soy yo para juzgar a un joven que da clases por toda la ciudad para mantener a su familia, y sólo puede componer en sus ratos libres?

Por congruencia, renunció a su columna semanal.

Pero necesitaba el dinero. Tocó la puerta del director del periódico y le pidió trabajo.

—Se acaba de morir nuestro astrólogo, ¿te animas escribir los horóscopos? —le preguntó uno de los periodistas más influyentes del país.

Esperanza había estudiado piano en Francia con los mejores maestros. Daba recitales en Bellas Artes y se sabía de memoria la vida de Beethoven. Pero tenía que pagar la renta y aceptó.

Firmaba con pseudónimo. Durante quince años orientó la vida de miles de personas. Uno de los intelectuales más respetados confesó que no salía de su casa sin leerla. Esperanza recibía cartas de los lectores dándole las gracias.

Cada mañana la taza de café le daba inspiración para decirle los números de la suerte a los piscis, los prospectos amorosos de Sagitario, recomendarle a Acuario que por nada del mundo se peleara con su jefe.

Pero lo inventaba todo. Después de catorce años estaba tan cansada de descifrar las estrellas (sin asomarse nunca por la ventana) que enviaba al periódico las mismas columnas que el primer año, igualitas.

Al poco tiempo la suerte le sonrió: la nombraron manager de una orquesta sinfónica y nunca más volvió a escribir, ni a leer, un horóscopo.

La historia es verdadera. Sólo he cambiado el nombre de la maestra porque ahora es una venerable sabia de la música, y su antiguo oficio de astróloga era su secreto mejor guardado (hasta que me lo contó a mí) pero me parece muy aleccionadora.

Empieza 2015 —¡felicidades y buenos deseos para todas!— y queremos saber cómo nos pinta el año.

(Consejo: no se asomen a la cotización del dólar, a la inflación ni a los precios del petróleo porque les va a dar un infarto).

Entonces, ¿le creemos a los horóscopos?

Mi mente racionalista me dice que no: no hay ninguna evidencia científica para pensar que son ciertos. Hasta ahí todo claro.

Pero un día mi amiga Fabiola, que es medio bruja, llegó con un regalo: mi carta astral. Ni mi madre me hubiera descrito tan bien. Relataba al detalle mis enfermedades estomacales (por estrés), mis dolores de articulaciones (por mala postura) y hacía un relato de las principales vicisitudes de mi infancia. Y todo salía de la fecha y la hora de mi nacimiento.

Fabiola me advirtió: los cuarenta días previos a tu cumpleaños vas muriendo simbólicamente y el día de tu cumple renaces.

Le creí a Fabiola. Esos cuarenta días me abstenía de ir a la playa porque estaba seguro de que me caería un tsunami. Salía lo menos posible de casa, me ocultaba hasta de mi novia. Un día le dije a Fabiola que ya no podía con la angustia previa a mi cumpleaños.

—Eres un tonto, sólo significa que no debes tomar decisiones importantes porque después no estarás seguro de ellas.

¡Ah! Así que todo era una cosa mental, haberlo dicho antes. Por tomarla en serio me perdí buenísimas vacaciones de fin de año. ¿Entonces todo es pura sugestión? ¿La ciencia tiene razón y no hay por qué creerle a nuestros signos astrales?

Pero he oído lo mismo de la homeopatía. Científicamente, no hay pruebas que demuestran que la homeopatía cure el organismo. Es pura charlatanería, dicen los científicos más ortodoxos.

Pues bien, doctores alópatas, la prueba soy yo. Desde que voy al homeópata casi no me enfermo, y con ustedes vivía tomando antibióticos, ranitidina para la gastritis, analgésicos para el dolor de espalda y antihistamínicos para el catarro. A mis treinta parecía de ochenta.

Y la prueba es también mi carta astral. Ya ni caso tiene escribir mis memorias si todo está ahí, lo que ya pasó y lo que pasará.

Yo, la verdad, seguiré siendo lo que he sido hasta ahora: un hombre de ciencia que siempre lee su horóscopo, el mexicano y el chino (soy Capricornio y gallo, ascendente Escorpión), que cree en su homeópata y que toca madera.

Y ojalá siempre haya grandes escritoras como la maestra Esperanza Robledo escribiendo mi futuro. Yo creo que Octavio Paz se inspiró en los horóscopos de doña Esperanza para este poema:

Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche.

Pero miro hacia arriba:

las estrellas escriben.

Sin entender comprendo:  

también soy escritura

y en este mismo instante

alguien me deletrea”.

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