Sergio Méndez Arceo: volcán de lava roja

Por Emiliano Ruiz Parra

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Sergio Méndez Arceo fue un obispo incómodo para todos: para el Vaticano, para el régimen autoritario del PRI y también para parte de la izquierda: se afirmaba marxista; intercedía en las negociaciones de los secuestros pero estaba en desacuerdo con ellos. Intelectual brillante, reformador radical y figura central de la Teología de la Liberación, convirtió la diócesis de Cuernavaca en un laboratorio político, religioso y cultural en plena Guerra Fría. Le gustaba el buen queso y los habanos; dialogaba lo mismo con Fidel Castro que con Jesús Reyes Heroles. El cine documental le ha hecho justicia con El obispo rojo. Acá va un perfil que escribí para mi libro Ovejas negras.

Obispo. ¿En qué piensa cuando escucha esa palabra? Quizá le venga a la mente un hombre mayor de faldón largo que pontifica sobre la familia (que no tiene) y la sexualidad (que no ejerce). O probablemente se imagine a los obispos mexicanos más escandalosos de nuestro tiempo, como Onésimo Cepeda o Norberto Rivera Carrera. Para colmo, a partir de 2002, la figura del obispo se relaciona inevitablemente con el encubrimiento, debido a las sentencias judiciales en Estados Unidos, que obligaron a diversas diócesis de ese país a pagar alrededor de mil millones de dólares en indemnizaciones por abusos sexuales cometidos por sacerdotes y encubiertos por los obispos. 

Obispo es una palabra con olor a incienso y a pasado. Son la reminiscencia de un poder que no se elige, sino que se transmite por imposición de manos en una sucesión que viene del pasado mítico de los Doce apóstoles de Jesucristo. Pues bien, despeje un momento su mente y piense en un hombre que después de rezar la liturgia de las horas se calzaba tenis y salía a correr dos kilómetros. Los ejercicios espirituales y físicos, además de la jalea real en el desayuno, le daban lucidez para las actividades del día, entre las que podían estar una partida de ajedrez con Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación, o una prolongada charla con su antagonista Fidel Velázquez, líder vitalicio de la CTM. Mejor aún: la intermediación en un secuestro de alto impacto como el de Rubén Figueroa. O quizá enfrentar un interrogatorio del Santo Oficio (sucesor de la Santa Inquisición) y, mientras tanto, disfrutar un habano enviado por Fidel Castro. Eso sin descartar la visita a algún pueblito de su diócesis para presidir una asamblea en donde las preguntas que debía contestar eran del tipo de ¿los cristianos debían ser socialistas?, ¿los policías judiciales que torturaban a los opositores debían ser excomulgados? 

Se trata de Sergio Méndez Arceo (1907-1992), el séptimo obispo de Cuernavaca y quizá el prelado mexicano más relevante del siglo XX. Sergio Méndez Arceo fue consagrado obispo en 1952 por el conservador Pío XII gracias a sus credenciales de tradicionalista. Para entonces era ya doctor en historia de la Iglesia y autor de la más completa historia de la Universidad Nacional de México. Entre sus amigos estaban el historiador Silvio Zavala y el pintor prosoviético David Alfaro Siqueiros. Y aunque ya destacaba por su perfil intelectual, estaba aún lejos de adquirir la relevancia de décadas posteriores. 

Méndez Arceo, para sus detractores “el obispón rojo” o “Méndez Ateo”, decía que se había vuelto progresista porque había optado por la historia y no por las matemáticas, su otra vocación temprana: “Me doy cuenta de lo relativo de la Iglesia, aprendo que no es absoluta”. A los pocos años de llegar a la diócesis encabezó su primer escándalo: quitó los altares neoclásicos de la catedral de Cuernavaca y bajó a la Virgen María del centro del altar, pues como buen reformador miraba con suspicacia tanto la religiosidad popular como la excesiva veneración a la Virgen María (que algunos como Hans Küng llaman “mariolatría”). En la restauración de la Catedral, a cargo del brillante arquitecto fray Gabriel Chávez de la Mora, mandó quitar las imágenes de los santos, puso a Cristo al centro y dispuso el altar de manera que el sacerdote estuviera de frente a los feligreses, aun antes de que el Concilio Vaticano II emprendiera una reforma similar. Por ello, la primera acusación que se ganó fue de protestante, aunque las molestias se atemperaron cuando quedaron al descubierto unos frescos del siglo XVI en las paredes del templo. 

De ahí en adelante no dejaría de ser polémico. Un breve repaso de sus desafíos: admitió y protegió el convento de Gregorio Lemercier, el fraile benedictino que introdujo el psicoanálisis para tratar a sus monjes; hospedó el Centro de Documentación (Cedoc) del intelectual Ivan Illich, uno de los pensadores más críticos de la Iglesia católica (el Vaticano terminaría por cerrar ambos centros). Méndez Arceo llamó a misa el 2 de octubre de 1969, para recordar a los caídos en la matanza de Tlatelolco, ocurrida un año antes. En una época en que era tabú, insistía en que se reformara el artículo 130 constitucional, que impedía a los sacerdotes opinar sobre política; e impulsó el sindicalismo independiente, por lo que se enfrentó con Fidel Velázquez, quien amenazó con movilizar a decenas de miles de obreros a Cuernavaca. En algún momento Adolfo López Mateos lo llamó “mi distinguidísimo enemigo”. 

Cuando le preguntaban si era rebelde o liberal, respondía que no, que era libre. Esa libertad la llevaba hasta los detalles de la vida diaria. No tenía chofer porque, decía, no le gustaba que lo manejaran, y ni su secretaria conocía su agenda. Y fue libre de Roma, del gobierno mexicano y de la izquierda misma. Sólo le fue leal a su conciencia, y su conciencia no se alimentaba sólo de las oraciones, sino que se nutría principalmente de pensamiento. Poco a poco, Méndez Arceo recorrió el camino pendular de la conversión hasta el socialismo marxista. Decía: “En la variedad dialéctica del pensamiento marxista, se puede ser católico fiel a Jesucristo y marxista”. Se las arregló para ser ambas cosas a la vez. Si acaso, aunque para ello tuviera que pasar por alto una de las principales tesis de Marx, de que toda religión es ideológica, una creencia no sustentada (“el opio de los pueblos”). Pero Méndez Arceo declaró que podía vivir con la contradicción: “No soy marxista, pues todos los aspectos del marxismo no los puedo asumir como obispo… aunque [sí] los puedo asumir como pensador”, y en efecto asumió un socialismo de sazón latinoamericano, marcado por las teorías de la dependencia y el colonialismo. 

Fue, además, feminista: “Soy un converso tardío a la liberación de la mujer… no me opongo a que una mujer sea ministro-sacerdote, pero va a tardar mucho; si ordenaran mujeres, pronto ningún hombre se querrá ordenar”, advertía, y del aborto, añadía: “Los cristianos no debemos pretender imponer por ley la moral. El aborto no debe ser aconsejado como un medio, pero sí debemos prescindir de posiciones condenatorias simplistas”. 

Méndez Arceo era amigo del revolucionario cubano Fidel Castro y del sandinista nicaragüense Daniel Ortega (en su primera época); acudía a encuentros socialistas en Chile aun antes de que Salvador Allende ganara las elecciones presidenciales; era referente para el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, ministro del gobierno revolucionario de Nicaragua; fue impulsor de que los obispos de América Latina asumieran el discurso de la Teología de la Liberación en el Encuentro de Medellín de 1968, y era la cabeza de los prelados progresistas de México, que en ese entonces eran bastantes más que ahora, y entre quienes figuraban Arturo Lona, Bartolomé Carrasco, Samuel Ruiz y José Llaguno. 

Ahora podrían parecernos sucesos menores, pero el México de fines del siglo XX era extremadamente distinto al de hoy. País de simulación, aun cuando había elecciones sólo ganaba un partido, el PRI, y aun cuando había tres poderes, el presidente de la República tomaba las decisiones importantes. Desafiar al poder era cosa seria, y quienes se atrevían podían dar con sus huesos en la cárcel, desaparecer para siempre o condenarse a la marginalidad. Pese a ello, Méndez Arceo acompañó a los movimientos sociales y lo hizo de manera respetuosa. Cuando no estaba de acuerdo con las decisiones de alguna organización, decía: “Hay que estar con el pueblo, aunque se equivoque”. 

El Vaticano no lo removió de la sede episcopal de Cuernavaca, pero tampoco lo promovió a arzobispo o cardenal. Aun cuando Méndez Arceo era simpatizante de las revoluciones de Nicaragua y Cuba, disuadía a sus sacerdotes a irse de guerrilleros. Su relación con la guerrilla fue más bien ambigua. Grupos guerrilleros de Guerrero realizaban secuestros espectaculares: Genaro Vázquez había dirigido el rapto de Jaime Castrejón Diez, rector de la Universidad de Guerrero, en noviembre de 1971. Méndez Arceo aceptó ser el intermediario en la negociación. Cuentan que impostaba la voz y cubría el auricular con un pañuelo cuando hablaba por teléfono. Condicionaba la entrega del dinero a que las víctimas hubieran sido liberadas previamente, y luego recibía el dinero en alguna iglesia de su diócesis, lo contaba —con guantes— para verificar que estuviera completo y luego lo mandaba arrojar a alguna barranca, a donde la guerrilla lo recogería. Así hizo también con el secuestro de Rubén Figueroa Figueroa (mayo de 1974), que fue liberado por el ejército cuando sólo se habían pagado 25 de los 50 millones pactados al grupo que dirigía Lucio Cabañas. Y aun cuando había aceptado interceder, estaba en contra de los secuestros políticos, como se lo hizo saber al propio Cabañas en una carta y como lo declararía en público: “Los tenemos que reprobar por ser un lenguaje totalmente ambiguo, sin eficacia movilizadora para el pueblo, provocadores de represalias en serie contra el mismo pueblo”. 

Méndez Arceo presentó su renuncia a la diócesis de Cuernavaca a sus 75 años, el 28 de octubre de 1982. Y ahí se vio qué prisa tenía el Vaticano para despedirlo: en menos de tres meses su renuncia ya se había admitido (a los obispos bien portados los dejan uno o dos años más). Se recluyó a pasar sus últimos 10 años en un convento, a donde lo acompañó su gato de nombre Tres Marías y sus libros. Murió en la ciudad de México, a donde había ido a una consulta médica a la que no llegó.

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