Los animales me explican cosas

Por Emiliano Ruiz Parra

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Este es un adelanto del libro El corazón de la bestia (Debate, 2026) que editó la maestraza Leila Guerriero y prologó el gigante Martín Caparrós. Tuve el honor de participar en este volumen con otras cuatro cronistas de América Latina. Escribimos sobre animales: perros, gatos, changas, caballos y mariposas. Acá va mi crónica: sobre las mascotas fifís de México: las que tienen spa y peluquero, y salen a pasear con guardaespaldas. El libro digital se publicó primero en la plataforma Bookmate y ahora llega a las librerías en formato impreso.

            —Quiero un perro —me escribió María a mediados de 2017, cuando todavía no vivíamos juntos—, estoy sola con una niña en medio del monte, y tengo miedo.

            Le pedí que lo reconsiderara. Un perro, argumenté, implicaba trabajo: al menos dos paseos al día, mejor tres. Visitas al veterinario, una buena plata en croquetas, y cariño. Al perro hay que darle mucho cariño.

            Yo había conocido a María unos meses antes en una fiesta. Me enamoré a primera vista. Empecé a cortejarla y ella trató de disuadirme. Sacó su mejor carta para ahuyentar a los tipos como yo: una foto de su hija. Soy mamá soltera de una niña de dos años, me dijo. Excelente, justo lo que quiero es criar un niño, respondí.

            Después de unos meses nos hicimos novios, pero yo tenía un compromiso: ya había aceptado un empleo 500 kilómetros lejos de ella. María también tenía sus planes. Quería escapar de la Ciudad de México y de sus terremotos, que cada tanto derriban edificios y sepultan personas. El sismo del 19 de septiembre de 2017 también sepultó perros, caballos y otros animales, pero esos no llegaron a las estadísticas. 

            María alquiló una cabaña en un pueblito a 100 kilómetros de la Ciudad de México y se fue con su niña de dos años. Su presupuesto le alcanzó para una casa en la falda de un cerro. No le daban miedo los alacranes, las serpientes, las iguanas y los cacomixtles. Le daban miedo las personas. 

Quería un perro para sentirse segura con su hija. 

            Me salió el machito alfa que todos los cobardes llevamos dentro: 

            —No consigas un perro —le pedí. Voy para allá.

            Renuncié a mi empleo y me instalé en su casa. Yo quería ser su perro.

            Llegué a su cabaña un primero de enero. Once días después María se embarazó de su segunda hija. Nueve meses después asistí al parto de mi niña.

* * *

Han pasado más de seis años. María y yo vivimos juntos y tenemos dos hijas, de 9 y 5 años. Hemos sobrevivido a una pandemia. Vivimos en un sexto piso.  Volvimos a la Ciudad de México a pesar de los terremotos. La alerta sísmica nos despierta de madrugada, cargamos a las niñas y buscamos refugio. 

            Las niñas piden animales de compañía. A veces piden perros. A veces gatos. María es alérgica a los gatos. Yo soy (psicológicamente) alérgico a los perros: no soporto su lambisconería, su dependencia emocional, su necesidad infinita de paseos y cariños. No soporto levantar su caca del piso, guardarla en una bolsita de plástico y llevarla cargando hasta donde sea permitido desecharla.

            Cuando le dije a María que yo quería criar a un niño no sabía lo que decía. Nace tu hijo y de un día para otro te cambia la vida: todo eso que disfrutabas se acaba: ya no más partidas de billar, películas y salas de conciertos, lectura de clásicos, tazas de café con conversaciones interminables. Se sustituye por cambiar pañales, bañar a la niña, despertar de madrugada para sacarle el aire y convertirte en su bufoncito: cantarle, contar chistes y hacer caras para dormirla o mantenerla entretenida. 

            Días y días. Años y años. 

            Y un día, ya que la niña habla, hay que perseguirla para que se bañe, para que recoja sus juguetes, para que lleve su plato al fregadero.

            Te grita a la cara:

            —Eres el peor papá del mundo. Te odio. Quiero otra familia.

            Y te pega con el puño cerrado, te patea las espinillas, te devuelve la comida que con amor le has cocinado.

            Un día lloras impotente y desesperado. Y piensas: la humanidad se reproduce por la desinformación: porque nadie te advierte el peso y el costo de la crianza.

            —María —le digo a mi novia—, tenías razón. Debimos haber tenido perros.

            Y otra vez las niñas te piden gatos y perros. 

            —Tener un animal cerca hace a los niños mejores seres humanos —te dice un etólogo, es decir, un especialista en comportamiento de animales. 

            No quieres repetir la experiencia de la crianza desinformada. Mejor averiguar antes de adoptar una bestia peluda. Y empiezas la búsqueda de un perro o un gato, de un cerdo, lo que sea. Como reportero te preguntas, ¿cómo viven, dónde viven? ¿Cuánto cuesta tener un perro?

            

Camila, la perrita millonaria

Converso con Meme. Le gusta tomarse unas micheladas en los barecitos de la colonia Narvarte, una colonia que se ha puesto de moda entre los hípsters de la ciudad de México. Es muy alto y sus dedos son largos como tentáculos. Ahora es un viejo de 73 años pero Meme tuvo sus tiempos de gloria. El gobierno de Estados Unidos ofrecía dos millones de dólares por información que llevara a su captura. Decían que era el operador financiero de un temido cártel del narcotráfico. Meme pasó 13 años preso, nueve en Estados Unidos, cuatro de este lado de la frontera. Quiere contar su historia. Me dice: de menos salen cinco libros o una serie de televisión. 

Le rehúyo.

(No le digo la verdad: de los cronistas de mi generación fui el único cobarde que huyó de la narconovela narcocrónica, que se pusieron de moda hace dos décadas, y no pienso cambiar de opinión a estas alturas). 

—Platícame de Camila, la perrita millonaria —le pido.

Meme es el abuelo de Camila. Así le gusta presentarse cuando se trata de la perrita. 

Camila es perrhija de Roberto Vidales. Y Roberto llama papá a Meme. No es su padre biológico. Pero es el hombre que lo cuida y lo acompaña, una mezcla de amigo, empleado y figura paterna.

Camila es una perrita shih tzu de ocho años. Sus cuidados cuestan unos mil dólares a la semana, entre su dieta de 200 gramos de proteínas —salmón, filete, pollo, jamón y huevo— y el personal que la cuida: una nana que la baña, le corta las uñas y le lava los dientes, una cocinera, un guardaespaldas que la saca a pasear, y el peluquero: un estilista de estrellas de televisión que la acicala cada tanto.

Camila tiene su propio spa: un cuarto con tina de hidromasaje, shampú con sales del Mar Muerto, accesorios para su lavado de dientes y limpieza de uñas. 

Camila, asegura Roberto Vidales, es la primera perrita con pasaporte. Esto es una exageración: no se trata de un pasaporte como el tuyo o el mío, sino un certificado de sanidad que emite el gobierno mexicano, y que le permite a Camila entrar y salir del país. Porque la perrita ha volado a Canadá, a Francia, a España, a Estados Unidos. Camila también ostenta el pasaporte europeo para mascotas.

“Yo no tengo hijos, entonces Camila es como mi hija”.

“Es la perrita más humanizada”.

“Tiene más cuidados que un ser humano, pero muchos más”.

“A mi recámara yo le digo ‘su recámara’”.

“Trae seguridad porque se han robado perros y piden rescate, 50 o 100 mil pesos, y la gente como yo los paga, porque es como su hijo”.

Estas frases son de Roberto Vidales. No me las dijo a mí sino al youtuber Yulay. Yulay hizo un cortometraje de 20 minutos sobre la perrita millonaria, que a marzo de 2024 tiene un millón 800 mil vistas.

Llamo a Roberto Vidales. 

-¿Eres youtuberinfluencer, quieres hacer un video…?- me pregunta.

Le respondo que no: que soy simplemente un escritor. Noto que le cuesta entender a qué me dedico y por qué lo busco. Y lo comprendo: en esta época de redes sociales y videos virales solamente escribir un texto, sin pretender monetizar sus vistas, es pérdida de tiempo y dinero.

Roberto es muy amable. Pero está ocupado. Pasará las siguientes dos semanas en un retiro de desintoxicación: deberá dejar a un lado todas las adicciones, incluida la adicción a las pantallas y celulares. Y luego volará a Canadá, donde tiene inversiones.

Para la sociología mexicana contemporánea, Roberto Vidales es un mirrey. Los mirreyes son hombres ricos, blancos, que ostentan su dinero y su poder en público. Tienen cuerpos torneados, piel bronceada y la barba recién afeitada. Su paradigma es el cantante Luis Miguel. De ahí viene el nombre: de Luis Mirrey. El segundo mirrey prototípico es Roberto Palazuelos, un galán de telenovelas que cultiva la polémica. En 2022 confesó portar armas y haber participado en una balacera donde “matamos a dos cabrones”, que habían entrado a robar a una casa donde Palazuelos estaba de visita. Pero Palazuelos la libró y, mientras escribo estas líneas, hace campaña para senador de Quintana Roo, la provincia en donde se ubica Cancún.

Roberto Vidales es amigo y socio de Palazuelos. Juntos fundaron una empresa que presta dinero a emprendedores y startups.

Reviso el video de Yulay: veo a Camila pasear por Las Lomas de Chapultepec, uno de los barrios más costosos de México. Detrás suyo va el señor Quintero, su cuidador. Aparecen brevemente la cocinera, la cuidadora, el peluquero y Meme. Brevemente, porque la estrella es Camila. O no, realmente la estrella es Roberto Vidales, que ostenta su opulencia, su felicidad, su casa llena de lujos. O no, en realidad la estrella es Yulay, con su remera de los Bulls de Chicago y las bromitas que hacen reír a Vidales. Y que cada mes recibe plata por las visualizaciones de este video.

—Camila, ¡ya quisiera yo ser Camila! —me confiesa Meme, y me da risa este hombretón que fue comandante de la policía, luego capo del narcotráfico y después interno en varias cárceles. 

Pero después vuelvo a ver el video y lo comprendo: yo también quisiera ser Camila.

El rey Napoleón

            —Ándale, Abdul, llévame allá arriba —le suplico.

            —No, me duele mucho. Subo dos veces a la semana, pero a veces una vez. O dejo pasar dos semanas. No puedo. Me dan ganas de llorar.

            Abdul fuma una y otra vez. Le falta el colmillo izquierdo y viste una playera tipo Polo con el logotipo de Harley Davidson. Vive en una casa de tres plantas en un barrio popular de la Ciudad de México. Me invita un café legal: el más corriente de los cafés solubles, una mezcla de grano barato con melaza. Le pido que me enseñe a sus perros, pero se resiste a mostrármelos. Me resigno. Entonces me hace una concesión: platicarme sobre sobre Napoleón, sobre Lobo, sobre Gipsy y sobre Lynn, la Española.

            * * *

Napoleón vive y come como rey: le habían hecho una cama especial, la destruyó a mordidas, le hicieron otra con maderas más finas. Una etóloga eligió los colores de sus sábanas: tonos pálidos y suaves para no molestar su retina. A Napoleón de cariño le decían Napo y comía las mejores uvas y los más dulces melones del supermercado más caro, ahí donde van a hacer la compra las señoras copetonas de la Ciudad de México. Su etóloga le diseña una dieta equilibrada para crecer sano y sin sobrepeso. Una dieta basada en fibra y carbohidratos: un día frutas, al otro verduras, y siempre un poco de pienso especial para su especie. La etóloga iba a su casa lunes, miércoles y viernes a entrenarlo: que aprendiera a hacer caca en donde debía, a no morder los muebles. 

            Napo era un capricho de Xavi. Y Xavi era una adolescente con dinero. Le dijo a su madre: ustedes tienen a sus perros, yo quiero un cerdito minipig. Y le compraron a Napo. Xavi era como otras adolescentes de su generación. Le gustaban el K-pop y la cultura coreana. A diferencia de los demás, ella podía pagar maestros coreanos nativos. Mejor aún: irse a Corea a estudiar el idioma. Pero antes quería una mascota diferente. Ya tenía dos hurones. Y llegó Napo a alegrar su vida. 

            En la cochera de la casa de Xavi había cinco motocicletas Harley-Davidson; autos clásicos, como un Mustang deportivo; camionetas BMW y Volvo. Demasiados autos. A veces a su familia le pagaban alguna deuda con un automóvil de lujo, por eso había tantos. 

El dueño de esos automóviles era Pas. Pas tenía 40 años, era pastor carismático, tocaba la guitarra, cantaba bonito y conocía la Palabra. A su congregación llegaban muchachos adictos a las diversas drogas de moda: a la piedra, a la cocaína, al MDMA, al alcohol. Pas les ofrecía internación, terapia y palabra, mucha palabra de Dios. Pas era un líder: dirigía la congregación, dirigía la clínica de desintoxicación, dirigía el estudio musical donde grababa canciones de su autoría a ritmo de rock cristiano. 

            Pas erael apelativo cariñoso que usaba como pastor. En su templo ocurría el milagro de la glosolalia: los fieles entraban en trance y hablaban lenguas desconocidas. Pas era el típico pastor neopentecostal: orador encendido, conocedor del evangelio, él mismo rescatado del pantano de las adicciones. Su perro favorito era el pastor alemán. Tenía cuatro —tres machos, una hembra— y una empleada dedicada a alimentarlos, limpiar su caca y cepillarlos todos los días. En su casa había una bodega para el alimento de los perros y una nevera para sus carnes frías. Los pastores alemanes se iban de campamento cada tanto: les hacía bien respirar el aire puro del bosque y jugar con otros canes. 

            Uma era una mujer de negocios. Sabía moverse en los mundos reservados a los hombres: los mundos de las finanzas, de los paraísos fiscales, de los préstamos usurarios y la compra-venta de pinturas. No le asustaba tratar con los malos y manejar su dinero. Era firme. Sus palabras eran órdenes y sus cóleras sagradas como las de Jehová o Aquiles. 

            Juntos, Pas y Uma eran más que un matrimonio. Eran un milagro. Sus manos multiplicaban los panes y los peces. Dios derramaba bendiciones sobre la pareja: autos, anillos de diamantes, guitarras eléctricas. Riqueza para pagar salarios del personal de servicio: empleados para atenderlos a ellos y empleados para atender a los perros, a los hurones y a Napo. 

Uma llegó al matrimonio con una hija adolescente, Xaviera, de una relación anterior. 

A ambas les he cambiado el nombre.

            Cuando tienes un perro de raza quieres otro. Luego quieres hurones. Después al cerdo más fino. Y luego quieres caballos. Uma provenía de una familia de charros. La charrería es una práctica de los ricos de rancho. Los charros se visten con trajes adornados de plata, montan los caballos y hacen suertes —galopes, saltos, caminatas hacia atrás—,algunas tan peligrosas que un error puede costar la vida si caes mal. Uma era una escaramuza: la versión femenina del charro, y le gustaba hacer bailar a los equinos. Empezó con un caballo cuarto de milla a precio de risa: tres mil dólares. Luego le ofrecieron un frisón que costaba 10 veces más. Lo compró. Luego una potranquita, también frisona. Los precios de los caballos se iban tornando astronómicos. Pagaba miles de dólares por cada animal. Mandó construir una caballeriza en un rancho de Xochimilco. Xochimilco es una zona lacustre al sur de la ciudad de México: el único lago que queda de México-Tenochtitlan. Todavía se navega en sus canales con las populares trajineras. Parece un dato turístico pero no lo es. 

            Uma tenía doce caballos. Su veterinario era el mejor especialista mexicano de equinos: el doctor Ramiro Calderón. En Xochimilco ya no cabían sus animales y Uma compró un rancho en Morelos, a unos 100 kilómetros de la Ciudad de México. Allí llevó perros, cerdos, hurones y caballos. Todos consumiendo el mejor alimento del mercado.  Uma y Pas lo entendieron desde el principio: entre mejor alimento das, tienes menos visitas al veterinario.

            De los doce caballos de la pareja, cinco se quedaron en Xochimilco, siete se fueron al rancho de Morelos. 

            Dicen que el amor y el dinero no se pueden ocultar. Dinero es lo que se le notaba a Uma. Empezó a tener miedo de los secuestros. Contrató a un guardaespaldas armado. Alquiló un departamento en Seúl, la capital de Corea del Sur, y mandó a Xavi a estudiar el idioma. Pas envió a su perro favorito a entrenamiento. Se llamaba Lobo. Lo convirtieron en un perro guardián que lo acompañaba a todos lados, menos cuando andaba en alguna de sus Harley.

            Uma hacía viajes a Corea para acompañar a Xavi. Mientras tanto, a Pas le sobraban el dinero, el carisma y el poder. Le sobraban las motocicletas, las guitarras eléctricas, los caballos pura sangre, las chamarras de piel. Empezó a llevar el vértigo de la acumulación al terreno sexual: una aventura y luego otra. Y otra. Mientras su esposa estaba en Corea, Pas también hacía viajes de placer y de negocios. Su pasaporte se llenaba de sellos de Cuba y Panamá. 

* * *

Los que vivimos en la Ciudad de México sabemos que la vida puede terminar en un parpadeo. El 19 de septiembre de 1985 un terremoto de 7.9 grados en la escala de Richter mató a unas 40 mil personas, muchas de ellas sepultadas bajo los escombros. Son cifras de oenegés, porque nadie creyó los cinco mil muertos que reportó el gobierno. Treinta y dos años después, el 19 de septiembre de 2017, un sismo de 7.1 grados mató a 370 personas, 228 en la Ciudad de México. Esas cifras sí las creímos porque pudimos contar los cuerpos.

            Los chilangos —los que vivimos en la Ciudad de México— estábamos acostumbrados a que los terremotos vinieran de las costas del Pacífico. A 400 kilómetros de distancia, la alerta sísmica nos daba casi un minuto para bajar las escaleras y buscar refugio. Pero el sismo de 2017 vino del sur, entre Morelos y Puebla, con epicentro a 120 kilómetros de la capital del país. Al venir del sur, afectó intensamente a barrios como Xochimilco. Al ser suelo lacustre, las ondas sísmicas se multiplicaron hasta 500 veces en el vecindario de las trajineras. 

            El 19 de septiembre de 2017, Pas tomó la Ford Lobo Raptor, encendió la torreta —a los ricos les gusta instalar sirenas y luces en sus autos para pasarse los semáforos en rojo— y tardó algunas horas en llegar a Xochimilco. Vio la catástrofe: la caballeriza se había derrumbado. Cinco caballos habían muerto. Lloró. Escuchó a un caballo bramando de dolor. Cargó su pistola automática y se internó en los escombros: si Lynn , su favorita, una yegua de raza española que él mismo montaba los fines de semana, estaba sufriendo, mejor matarla de un tiro en la cabeza. Pero le perdonó la vida. En la Ford Raptor la llevaron al hospital veterinario de la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, donde la salvaron. Había que actuar rápido porque los cuerpos de los otros caballos empezaban a descomponerse. Pas y Uma mandaron cavar una fosa en el rancho de Morelos. Entre los cortejos fúnebres del sismo, por la carretera iba uno con los cuatro caballos hermosos y finos que perecieron en Xochimilco.

* * *

Después del sismo los sucesos se desenvolvieron aceleradamente. Uma descubrió las infidelidades de Pas. Tomó las chamarras de piel y las guitarras eléctricas y las llevó al templo donde Pas era autoridad religiosa y moral. Las tendió sobre el piso y las puso en venta: llévelo llévelo, bara bara. A cinco dólares lo que le guste. Sí, son las chamarras de Pas que de hoy en adelante ya no vive en mi casa. 

            Días después, envió una gavilla de golpeadores a sueldo a la casa de la madre de Pas. Pas tenía ahí su guarida personal: un gimnasio, muebles de lujo, pantallas y bocinas. Se llevaron todo, hasta los cortineros. Pas vio derrumbarse su imperio en pocos días. La alianza de pastores lo repudió. Lo echaron de la iglesia donde era el rey. Un abogado le llevó un documento: eran los papeles del divorcio, en los que se comprometía a no reclamar ni un centavo. Pas firmó con tal de no meterse en problemas. Se llevó lo que traía puesto, y ese día no se había puesto su anillo de diamantes.

* * * 

            —Ándale, Abdul, llévame arriba, enséñame a tus perros, quiero conocer a Lobo —le pido.

            Se llama Abdul Ramírez y fue pastor de una iglesia cristiana neopentecostal. Fue un hombre rico. O debo decir: fue un hombre pobre con muchísimo dinero. Ahora maneja un taxi.

            —Es que me duele mucho subir… pero vamos.

            Abdul nació en una familia católica disfuncional. Buscó refugio en un seminario con la idea de volverse sacerdote, pero se decepcionó de la religión católica y cayó en las adicciones. Lo salvó la fe. En el centro de adictos se convirtió al cristianismo evangélico, estudió la biblia y se convirtió en pastor. Su carisma e inteligencia lo volvieron un líder. De cariño le decían Pas. Entre sus fieles estaba Uma, una mujer de liderazgo y talento para los negocios, que se convirtió en su esposa, y que años después lo echó de su vida al descubrir sus infidelidades. 

            Hoy, en un barrio popular de la Ciudad de México, Abdul vive en la casa de su difunta madre. En la azotea hay cuatro jaulas para perros. 

Abdul se quedó sin un céntimo. Pero unos meses después de la separación, Uma le mandó dos pastores alemanes. Lobo, aquel perro que lo cuidaba, que recibía cepillado todos los días y se iba de campamento al bosque, ahora come alimento para perro de la tienda 3B, que en México significa bueno, bonito y barato. Vive encerrado. Tiene una infección en los ojos que está cerca de convertirse en una uveítis y dejarlo ciego. 

            Frente a Lobo hay doce costales. Contienen su caca. A Abdul no le alcanza el dinero para pagarle al camión de la basura: le cobran 30 dólares por llevarse la mierda. La nueva esposa de Abdul sube a darles de comer. Pero nadie pasea a los chuchos. Miramos al horizonte. No se ve nada. Es marzo: no llueve, no hay viento y los incendios opacan el aire de la Ciudad de México. Para allá está el centro, para allá el norte, allá más lejos Santa Fe, me dice Abdul, pero no consigo ver ningún edificio o montaña que me ayude a orientarme.       

            Uma está prófuga. La Secretaría de Hacienda la busca por evasión fiscal de varios millones y le quieren echar también lavado de dinero. Dicen que la han visto en Campeche, o en Yucatán, o por allá en el sureste del país. Abdul no lo sabe. Las mascotas se quedaron en el rancho de Morelos a cargo de los trabajadores.

            —¿Y qué pasó con Napo? —pregunto.

            —No sé, ¡a la mejor lo hicieron carnitas! —dice con una carcajada.

Leila Guerriero y Martín Caparrós en junio de 2026. Casa de América, Madrid.

El negocio animal 

            Una vez más me ubico en una minoría: ya estaba entre los ateos, los marxistas trasnochados, y los que nunca ven un partido de futbol. 

            Ahora, también, estoy entre los que no tienen animales de compañía. 

            En México, siete de cada diez hogares tienen una mascota. O, como hay que decir ahora, cohabitan con personas no humanas. En un país de 126 millones de habitantes hay 80 millones de animales de compañía: 44 millones de perros; 16 millones de gatos; 20 millones de otras especies. En promedio dos mascotas por hogar, como informa el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). 

            Una organización de productores, el Consejo Nacional de Fabricantes de Alimentos Balanceados y de Nutrición Animal (CONAFAB), afirma en su más reciente anuario que en 2022 el mercado de comida para mascotas ascendió a 60 mil millones de pesos. Al tipo de cambio de ese año, casi tres mil millones de dólares. 

            La economista Valeria Gabriela Carrasco, en una tesis presentada a la UNAM, muestra cómo los mexicanos gastan cada vez más en alimento de animales de compañía: en 2016 fue de 1,664 millones de dólares; para 2021 creció a 2,455 millones de dólares, y luego a los tres mil de 2022. Según sus cálculos, elaborados con cifras de tiendas de productos para mascotas, el 46 por ciento de los hogares destina entre 25 y 50 dólares al mes para sus animales de compañía; el 42 por ciento, entre 50 y 100 dólares. Uno de cada 10 hogares gasta entre 100 y 200 dólares. Del otro 2 por ciento no hay datos precisos. 

            México es el quinto productor mundial de alimento para animales. Esta industria, dice la Conafab, mantendrá su tendencia de crecimiento en los siguientes años. 

            No sólo en el alimento. También ha florecido la industria médica para especies pequeñas. En la Ciudad de México hay hospitales oftalmológicos y oncológicos; hay veterinarias alternativas que tratan a los animales con flores de Bach y homeopatía; hay etólogos que atienden la salud mental de los peludos; entrenadores que corrigen el comportamiento. 

En mi búsqueda me encontré con el veterinario Julio Escalante. A Escalante un día lo mordió un perro extremadamente agresivo. Tardó varias horas en llegar al hospital y se le infectó la herida. Estuvo al borde de la muerte. Despertó con la noticia de que le amputarían el brazo izquierdo. Un médico le dijo que existía una nueva tecnología: la cámara hiperbárica, una cápsula cerrada herméticamente que se inunda de oxígeno. Gracias a la cámara hiperbárica, Julio Escalante salvó el brazo. Me muestra la marca de los colmillos: parecen de tigre más que de perro. Es el pionero en el tratamiento de especies pequeñas con cámara hiperbárica. Me enseña fotos: perros y gatos con los huesos expuestos después de accidentes gravísimos, que recuperaron el tejido después de la cámara: diez sesiones por siete mil pesos, unos 600 dólares. En su clínica, ubicada al sur de la Ciudad, veo a estrellas de televisión como Mónica Garza llevar a sus perros y gatos. 

             Milka, la consentida

            —¿Y cómo se hace el pastel de cumpleaños de un perro? —le pregunto a Ariana Laborín.

            —Se hace con plátano y zanahoria, y en lugar de betún de chocolate le pones yogurt —me cuenta.

            Milka cumplió tres años y Ariana le hizo una fiesta. Le puso un gorrito en la cabeza, un fino pañuelo en el cuello, le cantaron Las Mañanitas e invitaron a sus amigos de dos y de cuatro patas. Hubo cupcakes para los niños y para los perritos: éstos últimos tenían forma de huella. Las fotos las subieron a Instagram. Hay una muy linda: Milka le da la patita a Ariana. Está feliz. Es consciente —apuesto— de que la están celebrando. 

            Milka es una perrita de mundo. Vive entre San Diego, Tijuana y la Ciudad de México. Corre muy feliz en las playas de Coronado, California. Es de raza samoyedo: peluda y grande, así que también es feliz en la nieve cuando Ariana va a esquiar. O en el parque La Mexicana, al poniente de la Ciudad de México, un parque público con lagos artificiales cerca de Santa Fe, una exclusiva zona de la capital. Milka va a todos lados con Ariana. Va de shopping a los centros comerciales, se sube a los aviones y duerme en la cama de su humana de compañía.

            Ariana tiene 22 años y está por terminar el grado en comunicación en la Universidad Anáhuac, de los Legionarios de Cristo. La oigo hablar y pienso si es verdad lo que me cuenta: que ya tiene resuelta su vida: el novio con el que se casará, la profesión que ejercerá —administrar los negocios familiares— y el número de hijos que tendrá. La planificación. Un privilegio de clase. En el círculo precario en que yo crecí, a los 22 años sólo teníamos una certeza: trabajarías hasta el día de tu muerte. 

            Le pregunto por otra de sus fotos de Instagram: está recostada sobre la panza de un tapir, de nombre Elvis. Ariana creció entre animales. Me cuenta que todo empezó el día en que su abuelo recibió un regalo fuera de lo común: un dromedario. Don Ernesto Jiménez era un hombre rico, fundador de la lechería Jersey —por las vacas de esta raza, chaparritas, cafecitas y muy productivas—. Ernesto era de esos empresarios a la antigua, que profesaban ideas hoy en desuso como el capitalismo social: una doctrina que postula que al trabajador no sólo hay que explotarlo, también hay que tratarlo como a un ser humano.

            A partir del dromedario, Ernesto fundó un parque para los hijos de sus trabajadores en Ensenada, Baja California. El parque se convirtió en zoológico, y durante décadas la entrada era gratuita. O algo así, porque pagabas con las tapas de los botes de leche Jersey. Murió el fundador y su hija aceptó mantener el parque, pero lo profesionalizó: contrató etólogos, veterinarios, y sustituyó las tapitas por boletos de nueve dólares. Hoy tiene unos 200 animales de 80 especies. Los leones y los tigres, me cuenta, comen unos cuatro kilos de carne al día. Los dromedarios y los camellos una paca de alfalfa. De los hipopótamos ni hablemos. 

            Me da curiosidad una coincidencia: el novio de Ariana se llama José Ernesto. Es hijo de Ernesto Zazueta que también tiene un zoológico privado (él lo llama santuario), pero en Culiacán, la tierra que se ha hecho famosa por ser la base de operaciones del Cártel de Sinaloa. Ernesto Zazueta me contó que se sintió muy conmovido por los hipopótamos de Pablo Escobar. La historia va así: el legendario capo tenía su zoológico privado en Antioquia, Colombia, y compró cuatro hipopótamos, tres hembras y un macho. Escobar cayó muerto mientras huía de la persecución de los militares. Su zoológico quedó en el abandono y los hipopótamos se desperdigaron por la ribera del Río Magdalena. Se reprodujeron sin control. Hoy son más de cien. En una década serán más de mil. Los colombianos no saben qué hacer con ellos. Ya intentaron esterilizarlos: demasiado caro; una vasectomía costó unos 50 mil dólares y puso en riesgo la vida de quienes la llevaron a cabo. La mejor opción es meterles un tiro en la frente antes de que terminen de desestabilizar el ecosistema o, peor, ataquen a seres humanos. Zazueta se conmovió por la suerte de esos mamíferos gigantes —pesan una tonelada— y se ofreció a llevarlos a reservas de la India, de Filipinas, y a su santuario de Culiacán. Su solución también sonaba a realismo mágico: ¿de veras iba a conseguir sacar a los hipopótamos del pantano, anestesiarlos, subirlos a un avión, traerlos a México, llevarlos a Filipinas o hasta la reserva de un indio multimillonario? 

            Sí, me dijo Zazueta, sí lo puedo hacer, sólo me falta la autorización del presidente Petro.

            En Colombia al principio se emocionaron pero luego les brotaron los prejuicios y se la pensaron dos veces. La ministra de medio ambiente, Susana Muhamad, se opuso en 2023 a la mudanza de los mamíferos e insinuó que Zazueta era también un capo del narcotráfico, por el hecho de ser de Sinaloa. Pero Zazueta se sostuvo: él podía dirigir la operación de volar 80 hipopótamos por los cielos del mundo y conseguir los tantos millones de dólares que costaba hacerlo. Al momento de escribir estas líneas, la “traslocación”, como la llaman los colombianos, es nada más que un proyecto. 

            Ese es el suegro de Ariana. Pero volvamos a ella. 

            En la casa que Ariana tiene en Tijuana hay seis perros, tres gatos y una tortuga. Hay dos empleados de tiempo completo: uno atiende a las razas grandes, que viven en el jardín, y otro a las razas pequeñas, que viven en el interior. Milka es la única de raza grande autorizada a estar en cualquier ambiente. Los de raza grande comen Eukanuba y los pequeños Nupec: comida premium de a cien dólares el bulto. Anoche —me cuenta Ariana— llegó a casa un pitbull rescatado de la calle. Porque si alguien de la familia ve un perro, lo rescata. Si le encuentra un hogar, bien. Si no, se lo queda.

            Ariana piensa casarse con Jose (así le dice, Jose, sin tilde en la é). Quiere tener hijos. Le pregunto si sus hijos no desplazarán a Milka de sus cuidados. Para nada, dice. Pone como ejemplo a su propia hermana. Ella es coleccionista de razas mexicanas. Tiene perros chihuahuas, xoloescuincles y calupos: éste último es una cruza de lobo mexicano con perro doméstico, un bellísimo coyote negro azabache. Yo no sabía de su existencia. Ahora quiero un gato bengalí y un calupo. A escribir más estupideces para poder comprarlos. 

            La hermana de Ariana tiene una hija de nueve meses. Cuando sale a la calle lleva a la bebé, dos chihuahuas, un xolo enano y dos pañaleras: una para la humana, otra para los perros. 

            —Si ella puede, ¿por qué yo no?

            (Ya no sé si esa frase la ha dicho Ariana o la he dicho yo para darme ánimos).

Perros a la derecha

            En inglés existe un verbo que me encanta: overhear, oír una conversación a la que no estás invitado. Existe una fórmula de cortesía para disculparse: Sorry, sir, I couldn’t help overhearing your conversation: disculpe, señor, no pude evitar oír su conversación. 

            Eso me pasa al entrar a esta mansión en las Lomas de Chapultepec. Escucho el presupuesto de Cinthia para la compra de la semana: 1900 dólares. 

            La casona es tan pulcra que me siento incómodo: ¿dónde podría poner mis nalgas, sucias de venir sentado en los microbuses pestilentes de la Ciudad de México? Veo las paredes: hay una envidiable colección de Pedro Friedeberg. Y un grabado que me sorprende: es de Leopoldo Méndez, militante del Partido Comunista y el mayor artista gráfico mexicano del siglo XX. 

            Mientras espero, oigo otra conversación privada. Carlos Alazraki habla por teléfono. Da instrucciones para hacer un brochure de propaganda electoral que se repartirá en las iglesias católicas. El mensaje, dice Alazraki, debe ser muy sencillo: dictadura o libertad. Si la gente vota por Morena —el partido del presidente López Obrador— estará eligiendo la autocracia. 

            Un perrito me recibe a lengüetazos, me da la bienvenida en el recibidor de la casa. Sabré luego que se llama Clark y es un Bichon Terrier. Que come alimento súper premium —el más costoso del mercado— y pasea por el barrio con un guardia armado.

            Sigo oyendo conversaciones a las que no estoy autorizado: en su llamada telefónica, Alazraki elogia a Cayetana Álvarez, la estrella fulgurante de la ultraderecha española que ha venido a México a despotricar contra el gobierno en una charla que se volvió tendencia en redes sociales. 

Alazraki, por último, comenta sus próximas vacaciones en Punta Cana.

            Sorry, sir, I couldn’t help overhearing your conversation.

Mi primer recuerdo de Alazraki proviene de 1994. México atravesaba una crisis política por la insurrección armada del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del entonces hegemónico Partido Revolucionario Institucional, el PRI. Ernesto Zedillo, el candidato presidencial sustituto del PRI, contrató a Alazraki como su publicista político. Y este hombre tuvo una idea sencilla: explotar el miedo. “Yo voto por la paz”, fue el lema con el que Zedillo ganó las elecciones. El triunfo de la oposición —sugería el mensaje—  ponía al país al borde de un derramamiento de sangre.

Hoy también impulsa un mensaje sencillo: dictadura —representada por Morena, el partido actualmente en el poder— o libertad, si acaso ganara la oposición, que aglutina a los tres partidos tradicionales: el PRI, el PAN y el PRD. 

Los Alazraki me abren las puertas de su casa. Y su casa es el epicentro de la derecha mexicana: una derecha alicaída y vapuleada en el último lustro. Morena, el partido del presidente López Obrador —un populista con retórica de izquierda— les ha arrebatado la presidencia, el congreso y 23 de 32 gobiernos regionales. 

            En febrero de 2021, Carlos Alazraki instaló en el patio de su casa un estudio de televisión que transmite por Youtube, Atypical Te Ve. Alazraki convocó a legisladores, periodistas e intelectuales descontentos con Obrador, y les ofreció un foro. Tres años después suma mil 500 millones de visitas. 
         Mientras estoy de visita, entra a la casa la diputada Margarita Zavala, primera dama en el gobierno de Felipe Calderón (2006-2012). Ella conduce un programa de televisión semanal. Pero aún con sus luminarias, este sector la tiene difícil: la candidata presidencial de la derecha, Xóchitl Gálvez, está 20 puntos abajo en las encuestas de Claudia Sheinbaum, la heredera de Obrador.

En la casa viven cuatro perros: Clark, Suki, Pili y Dona. Suki y Pili son Golden Doodle. No hay certeza de la raza de Dona. Alazraki me cuenta que estaba comiendo en un restaurante, un transeúnte lo reconoció y le regaló a la perrita, “con la única condición de que la cuides”, le dijo. Y el señor se fue sin dar su nombre. 

Estos canes viven entre una confluencia de historias y culturas. Alazraki es judío askenazi; su esposa, Cinthia Yerojam, es sefardí de origen turco. Al estudio de televisión acuden católicos militantes y agnósticos declarados, y el guardia que pasea a los perros es devoto de la Santa Muerte: del cuello le cuelga una imagen de esta deidad, popular entre presidiarios, policías y ladrones; en general, entre personas que trabajan con armas.

César Millán, el famoso “encantador de perros” de la televisión estadounidense, una vez le dijo a Alazraki que no tratara a sus perros como perrhijos, que no era sano humanizarlos. Alazraki se lo tomó en serio. Sus perros no duermen en la cama de sus dueños, pero sí disfrutan la vida “popis” —él mismo usa esta palabra— que les puede dar este productor de televisión y publicista político: la mejor comida del mercado (100 dólares a la semana), cortes de pelo (60 dólares a la semana) y la atención de los más onerosos veterinarios y entrenadores.

En las Lomas de Chapultepec hay un veterinario famoso que atiende a los canes de los ricos. Pero Cinthia no está muy contenta con él y me cuenta que el encarnizamiento médico ha llegado también a los animales. Pasa como con los seres humanos: todo lo quieren resolver con una cirugía porque así ganan más plata. A sus perros los han operado sólo para hacer más larga su agonía. Me dice: “No me gusta que hagan experimentos con animales. Si no se va a salvar, duérmanlo, que no los traten como a los humanos que nos hacen mierda y media”.

Se acaban los chicharrones de harina con salsa picante que me he comido con los Alazraki, me despido y salgo por la cocina, donde entreveo a cuatro mujeres que limpian superficies y acomodan alimentos en dos neveras. Forman parte del “ejército” —así lo llama Cinthia— que permite que esta casa nunca pierda la pulcritud. Me quedo tranquilo: gane quien gane la batalla histórica —si la dictadura o la libertad— estos cuatro perros seguirán disfrutando de su “departamento” —palabras de Alazraki—, un pequeño cuarto con cojines en donde los guardaespaldas no los perderán de vista en este exclusivo barrio de la ciudad.

El hotel-boutique

—Alexa, ¡pon música relajante para perros! —le ordena Renán Medina a su teléfono celular.

            El robot hace sonar a Mozart, a Chopin, a Chaikovski y otros compositores del siglo XX. Algunas piezas las sé de memoria. Los perros se relajan, yo también me relajo. Ahora comprendo: mis gustos musicales están pa’l perro.

            Vine a Cuernavaca porque me dijeron que acá había una escuela de lujo para perros, llamada Dogzone. Antes de llegar a la escuela perruna, pasé a ver a un amigo: “No tomes un taxi”, me previno, “la situación en la ciudad es muy peligrosa: pide un Uber”. En el camino veo pintas en las bardas:

            “A mí me asaltaron en el camión”.

            “Secuestraron a mi hija”.

            Es marzo de 2024, temporada de elecciones en México. El partido Morena, del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), se ha convertido en la fuerza hegemónica en menos de 10 años. Lo ha logrado gracias al hartazgo social con los partidos tradicionales, y también pescando candidatos populares, aun cuando sean impresentables. Morena hizo gobernador al ex futbolista Cuauhtémoc Blanco en 2018. En seis años, Morelos registra más de 100 asesinatos de mujeres: la tasa más alta de México. Lo más memorable de la gestión de Blanco es una fotografía donde aparece posando con tres capos del narcotráfico en una iglesia de pueblo. La oposición aprovecha la inseguridad en Morelos —cuya capital es Cuernavaca— para fomentar el miedo y cachar más votos. 

            “Regrésate a Tepito, en Morelos no te queremos”, dice otra barda.

Cuauhtémoc Blanco afirma ser originario de Tepito, el barrio bravo más célebre de la Ciudad de México. 

            El Uber pasa por barrios ricos y pobres y llega a los límites con el municipio de Jiutepec. Guardias resguardan la entrada a un fraccionamiento —eufemismo para los barrios amurallados de los ricos— arbolado y tranquilo, con plantas recién regadas y flores lilas y moradas. 

            —Le llamamos escuela, pero esto en realidad es un hotel-boutique para perros —me dice Renán Medina.

            El cupo máximo es de veinte perros. Y lo de boutique no sólo implica que los cepillen todos los días, que los perros jueguen en céspedes recién cortados o que oigan a los compositores románticos del siglo XIX. Lo especial es la atención del propio Renán Medina: vive aquí, con su esposa. Renán es un abogado que le dedicó algunos años a promover leyes de protección animal desde el ministerio del medio ambiente. Hijo de un veterinario militar, abandonó la burocracia y estudió etología en Estados Unidos. Dogzone ofrece hospedaje para perros, pero también entrenamiento. Ese es el fuerte de Renán: lo que llama “corrección del comportamiento”. 

            Lo veo en acción. Está entrenando a Coco en la obediencia. Un jaloncito al collar por aquí, un trozo de salchicha de pavo por allá, y la sesión de Coco termina en diez minutos. Fue corta porque el perro siguió todas las indicaciones. Pero si el can se resiste, es remolón, no se le da bien la domesticación, entonces puede durar hasta una hora. El entrenamiento básico comprende cuarenta sesiones, dos al día de lunes a viernes, y el perro se queda internado durante un mes. Durante ese mes será tratado como cualquier otro perro del hotel: cepillado diario, horas de juego con humanos, asoleadero sobre el pasto. Eso tiene un costo que ronda los 900 dólares. La estancia cuesta 24 dólares la noche para un perro mediano, hasta 30 dólares para uno gigante (como el pastor asiático, que puede pesar 80 kilogramos). Renán ofrece descuentos por estancias largas.  

Aparece un señor misterioso, con aire de fantasma. Tiene el cabello largo entrecano recogido en una cola de caballo, playera y bermudas de mezclilla. Se llama Gabriel, trabaja en Dogzone y hace casi lo mismo que Renán: jugar, atender, cepillar y alimentar a estos canes de clase ociosa. Pero hay algo perturbador: hoy miércoles es su día de descanso. Y sin embargo ha venido aquí a pasar el día. Le pregunto por qué: 

            —Prefiero estar entre perros que entre seres humanos.

            Me distraigo un momento y Gabriel desaparece: esos seres humanos que rechaza me incluyen a mí y se ha escabullido. Mejor solo en una calle peligrosa que respondiendo preguntas de un desconocido como yo. 

            Me cuenta Renán: Gabo —le dice de cariño— es su amigo de la infancia. Se hizo marinero, vagó por el mundo, aprendió siete lenguas, tuvo matrimonios en ciudades lejanas y algo pasó que se hartó de los humanos. Se volvió una suerte de chamán silente, de muy pocas palabras. 

            A lo largo de casi dos horas ya vi a Renán cepillando pelos, adiestrando bestias, impostando la voz para dar órdenes como macho alfa o endulzándola para acariciar a sus huéspedes (así los llama, como en cualquier hotel). Soy tan quisquilloso que no puedo delegarle mi trabajo a nadie, me dice. Ni a Gabo. Hay algo que sólo hace Renán: levantarse de madrugada para checar a los perros. Todos los días. Es la condena por vivir en el hotel. Su vida está en función de estos animales. Reconozco un hábito que los dos compartimos: hemos renunciado a la cena de navidad o de año nuevo. Las cambiamos por almuerzos a las dos de la tarde. Eso nos permite dormirnos temprano porque sabemos que a las seis de la mañana del día siguiente alguien nos despertará con hambre. En mi caso, mis niñas: la más pequeña me ha abierto los párpados con sus deditos. A Renán y a su esposa los despiertan los ladridos. 

            Le pido terminar de explorar Dogzone y, siguiendo un impulso, le escribo un mensaje a mi mujer: “¡Amor, he encontrado la solución a nuestros problemas!”. Porque me he encontrado con una sorpresa. En un rincón del hotel hay una habitación reservada para gatos. Son los más bellos que he visto en mi vida: son gatos bengalíes (mentira: es una raza criada en los Estados Unidos) y es la mezcla de gato doméstico con un antecesor salvaje: un tigrillo asiático. El resultado es prodigioso: un pequeño leopardo, de pelaje beige y manchas circulares. Dice Renán: son hipoalergénicos. El hijo de Renán, el veterinario Rodrigo Medina, los cría y los comercializa. Renán le presta un rincón en Dogzone para encerrar a los sementales y las madres. Muero de ganas de regresar a casa con uno de esos hermosos gatos que —afirma Renán— no matarán a mi mujer a estornudos. 

            —¿Y cuánto cuestan? —pregunto.

            —Treinta mil pesos (unos mil 800 dólares).

            ¡Caray! Un mes de mis ingresos. Es lo mismo que seis meses de colegiatura de la niña, dos meses de alquiler del departamento, o unas vacaciones en la playa para toda la familia. 

            —No vamos a pagar por un gato —me responde mi mujer- a los gatos los regalan. Y si alguna vez tenemos uno, no podrá entrar a la casa. 

            (Porque algún día tendremos casa con jardín). 

            Tendré que seguir escribiendo estupideces para ganar dinero y comprarme un gato bengalí. 

Perros de barrio bravo

            Veo un sillón abandonado en medio de la calle. Pienso: acá los pobres abandonan sus muebles. Claudia Guzmán me lee los pensamientos y me cuenta la historia. 

            —Ese sillón es para La Canela —me dice—, acá en el barrio todos cuidamos a los perros de la calle.

            Me lleva con el Chato: un perro que vive en una esquina. Hace un año, las vecinas de cuatro casas se organizaron para la cirugía que requirió: una le dio de comer; otra le dio el medicamento; otra más lo cuidó en el postoperatorio. Claudia Guzmán, regaló la cirugía: le extirpó un tumor. El Chato se guarece del sol bajo la sombra de una casa de dos plantas. En la Ciudad de México el clima es un privilegio de clase. Los barrios de estratos medios están arbolados. Caminas bajo la sombra y el fresco. Los barrios pobres, los que hace algunas décadas eran parcelas, se urbanizaron sin árboles. 

            Hace un puto calor de mierda. 

            Vengo a la colonia El Manto a ver cómo viven los animales de compañía. Vengo muerto de miedo, cargando en mi mochila todos mis prejuicios de niñito blanco que vive en un barrio céntrico y arbolado. No me alcanza para la renta, pero igual vivo frente a un parque, y tengo tres estéticas de perros (grooming) a tiro de piedra. En mi barrio los dueños de los perros pagan siete dólares por paseos de una hora.

            El Manto se ubica en Iztapalapa, el segundo municipio más poblado de México: casi dos millones de almas se apiñan en 113 kilómetros cuadrados. Los clasemedieros de mi barrio, medio en broma, medio en serio, a Iztapalapa le llamamos Iztaparrata o Iztapamatan. Y así nos sentimos muy perrones. O sea, superiores.

            Claudia Guzmán atiende una veterinaria en el mercado Margarita Maza de Juárez de El Manto, que es un barrio levantado en las faldas del Cerro de la Estrella, donde cada Semana Santa se representa La Pasión de Cristo. A la representación acuden cientos de miles de personas. Otros tantos la ven por televisión. Cada año, un cronista mexicano vende la misma historia a un medio nacional o extranjero: un perfil del Jesús de Iztapalapa.

            Al consultorio de Claudia Guzmán llegan personas con perros jodidos, con infecciones que, de no atenderse pronto, los matarán en pocos días. ¿Me hago pendeja o lo atiendo?, se pregunta ella.

            —Te voy a hacer paro —les dice, que, en mexicano, significa: “yo te voy a ayudar”.

            Se rascan los bolsillos y juntan cinco, diez dólares. 

            —¿De lo que le quede a deber le puedo ir trayendo? —preguntan. 

            Así le pasa con la señora Eloísa: tiene dos hijas adolescentes y cinco gatos: cinco problemas. “Primero son los gatos y luego las criaturas”, la ha escuchado decir. Eloísa gana 350 dólares mensuales: está por debajo del salario mínimo. Cada quince días va la veterinaria con tres o cinco dólares. A fin de año le entrega los sesenta o 120 dólares de su aguinaldo. Claudia también le recibe los vales de despensa de los que Eloísa es beneficiaria.

Tiene un cuaderno de deudores. Cada página está partida en Mascota/Fecha/Tratamiento/Cantidad abonada. Hay deudores que nunca vuelven, pero la mayoría paga los tratamientos de sus animales de compañía. Claudia Guzmán trabajó en un puesto administrativo durante una década para un poderoso señor feudal de esta alcaldía: René Arce, que fue alcalde de Iztapalapa en el año 2000. Tres años después, Arce le heredó el cargo a su hermano. Luego puso de alcalde a su chofer. Después quiso poner a su esposa y la hizo candidata del PRD, el partido que entonces ganaba todas las elecciones en Iztapalapa. Pero ya para entonces la gente se había cansado de la familia Arce y los desplazó en las elecciones de 2009.

            —¿Mejor entre burócratas o entre animales? —le pregunto a Claudia.

            —Acá eres libres y la gente no te deja botada. Cuando abrí el consultorio, hace 15 años, pensé que no iba a durar. Pero a la primera semana ya había sacado lo de la renta. 

            Su consultorio es pequeño y pulcro. Está dividido en tres ambientes: a la izquierda está la sala de operaciones con su mesa de metal. Al centro está el mostrador con los artículos de venta al público: croquetas, correas, alimento para tortugas, hurones, pájaros. Y a la derecha la estética. Mientras platicamos, Claudia le corta el pelo a un perrito gris de la vecina más fifí del barrio, la que no repara en gastos a la hora de atender al animal, mitad pomeranian mitad quiénsabequé. 

            Claudia habla mucho, todo el tiempo. Pero, sorprendentemente, la gente la busca porque también sabe escuchar. Se dio cuenta de que no le bastaban sus diplomados en cardiología, oftalmología y oncología de especies pequeñas. Lo más difícil para sus vecinos —porque ella nació, creció y vive en El Manto—  era afrontar la muerte de sus perros, gatos, pájaros, como aquella señora que rescató a un ave herida, la curó y la metió en una jaula. Quince años después la llevó con Claudia, quien le advirtió que el pajarito ya estaba tan anciano que no había nada qué hacer.

            —Yo me siento igual, tengo 87 años y estoy muy cansada, ya me quiero morir —le dijo la mujer.

            Entonces Claudia tomó también un curso de tanatología, la rama de la psicología que ayuda a lidiar con la muerte de los seres queridos. Y los vecinos de El Manto la empezaron a buscar para contarle sus historias. Se volvió popular, y un partido político llegó a ofrecerle una candidatura a diputada para las elecciones de 2024. Pero cambiar a los perros por los diputados, ¿para qué?

La revelación del águila

            En mi trabajo como reportero suelo investigar historias religiosas. Una vez un cura me dijo que habló con Jesucristo. Se le apareció, le dio órdenes. El cura recordaba las palabras textuales del Hijo: “¿Para qué te mandé, pendejo?”. Así le dijo. Textual. Me dije: yo soy ateo, no tengo comunicación con Dios, no puedo confirmarlo, daré su experiencia por genuina. Y lo publiqué impunemente.

            Años después un pastor evangélico me contó una historia similar: el Espíritu Santo le dijo: “Tú predicarás la palabra de Dios”. Y en otra comunicación le dijo: “Aquí pondrás un templo”. Como no podía confirmarlo di su experiencia por genuina y lo publiqué impunemente.

            No veo, pues, razones para dudar de Éricka Sherman. 

            Si una gata le habló de sus vidas pasadas, ¿por qué no creerlo? O por qué no creerle al caballo que despreciaba a su jineta hasta que hablaron con él y comprendieron su molestia. 

            Va la primera historia: una gatita. 

            Bichita nació en la calle. Todos sus hermanos gatos murieron y Ericka Sherman la rescató, le dio un hogar. Pero Bichita era hosca, de pelo escaso e hirsuto y un poco jorobada. Vivía con otros siete gatos pero no jugaba con ellos y prefería beber agua del plato de los perros. En una visita al veterinario le detectaron falla renal. Éricka acudió con Daniela Camino, comunicadora interespecies. Daniela Camino habló con Bichita. 

            —Nos dijo algo que nos partió el corazón. En todas sus vidas la había pasado muy mal. Había aprendido a ser un fantasma y tenía la autoestima muy baja. No tenía el respeto de nadie y se quería morir —me cuenta Sherman.

            Daniela Camino la trató con flores de Bach. Varias veces al día, Éricka se tomaba un momento para decirle: “Te amo, te reconozco, te admiro y te honro”. A Bichita le acomodaron su almohada entre Éricka y su marido. Ningún otro animal de la casa podía dormir en la cama.  Querían que le quedara claro: en esta vida, ella era la reina.

            La sanación funcionó. Bichita mudó de pelaje, adoptó un caminar altivo y jugó y convivió con otros gatos. Años después, cuando su ciclo de vida estaba concluyendo y la agobiaban los dolores renales, pidió que no se le aplicara la eutanasia. Quería vivir hasta el último día. Ella misma daría la señal de despedida cuando dejara de comer. Un jueves ya no comió y el viernes ya había partido.

            Otra historia: un caballo tiraba siempre a su jineta cuando lo montaba. Se comunicaron con él. Dijo: mi jineta es muy mala, con ella nunca ganaré una carrera, y me niego siquiera a hacer una carrera porque no quiero perder, pues he oído que los caballos que pierden van directo al sacrificio. Tras algunas sesiones de comunicación interespecies, el caballo mejoró su relación con la jineta, al punto que llegaron a ser un binomio ganador. Llegó el momento de aherrojar al caballo. Dijo: no quiero. Daniela negoció con él: está bien, los dejaré marcar mi pelaje al rojo vivo, pero pongan un espejo para que yo lo vea.

            Así lo hicieron. 

            Hay más y más historias. Daniela Camino ha dado unas seis mil consultas a lo largo de veinte años. La consulta es así: te conectas a una videollamada, le cuentas el problema y le muestras una fotografía de tu animal de compañía. Camino se concentra y entabla un diálogo telepático. Hoy las consultas tienen un precio de 90 dólares. Pero en Estados Unidos —me dice— sus pares llegan a cobrar 550. Y una parte importante de esas seis mil, dice Camino, han sido pro bono, en beneficio de refugios de animales. 

            También realiza sanaciones. Mismo método. Mismos resultados. Bichita, por ejemplo, se curó de una llaga en la garganta. Y después de un tumor en el rostro. Sherman documentó con fotografías las curaciones de Bichita. 

            Además de las seis mil consultas, ha ofrecido unos 200 talleres a más de 3,500 estudiantes que hoy realizan comunicación interespecies. Algunos de ellos cobran las consultas a 30 dólares. 

            Imagino la escena que me cuenta Daniela Camino: un cazador, un homo sapiens ya con herramientas y lenguaje, pero todavía no con escritura, se conecta intuitivamente con el venado y le dice: “Quiero alimentarme de tu cuerpo, dime dónde estás”. 

            Y el cazador vuelve a su cueva con la presa al hombro. 

            Camino me la cuenta mientras camina por un jardín amplio, arbolado, un poco seco, un tanto amarillento. 
         Cuando se reúne con sus discípulos, conectados por videoconferencia, ella les hace la misma pregunta en la primera sesión: les pide que cierren los ojos y adivinen cómo es el espacio preferido que ella tiene en su casa. Y se hace la magia: sus estudiantes esbozan algunas imágenes: madera, plantas, algunos asientos. Camino me muestra ese sitio donde hay un sillón colgante, bancas, mesitas de centro. Debo aceptarlo (porque he visto los videos de las sesiones con sus estudiantes): las imágenes que ellos adivinan se acercan bastante a la realidad. 

            Ella trabaja mayormente a distancia. Pero no siempre fue así: su Camino de Damasco fue absolutamente presencial. Estaba en una granja y acarició a un chanchito.

            —Qué bonito e inteligente eres —le dijo al chanchito.

            —Qué bonita e inteligente eres tú —le respondió el animal. 

            Esa fue la primera vez que escuchó la voz de un ser no humano. No sólo oyó la voz: sintió su dolor, porque esa noche sacrificaron al animal, y Camino —afirma— no sólo se volvió vegetariana sino que descubrió una vocación. 

            Dice que la comunicación interespecies es un aporte a la filosofía del lenguaje. Y desliza una frase que se me queda grabada: 

            —Uno no sabe lo que es un ser humano hasta que empiezas a hablar con animales.

            Hasta ahí todo bien. Pero resulta que la frase no es de Camino, ni de los filósofos a los que estudia, como Peter Singer, el pionero de la liberación animal. Tampoco proviene de la crítica al racionalismo cartesiano. 

            —Eso me lo dijo un águila. Y es verdad: si hablas con una abeja puedes entender a un ser humano. 

            Me cuenta la escena: el águila iba pasando, Camino se conectó intuitivamente con ella y el ave le hizo la revelación.  

            Perros, gatos, serpientes, cucarachas, no hay límite. Vegetales, plantas, árboles. Todos hablan. Los seres humanos sabíamos escucharlos, pero el exacerbado materialismo nos ensordeció: anulamos la intuición y perdimos la comunicación interespecies.

Los animales nos explican cosas. 

Croquetas

            Sacas a pasear al perro y el animal se caga en la banqueta. Hace unos años me hubiera hecho el desentendido y pobre de aquella que pisó la caca y llevó la pestilencia a su casa. Hoy no. Si me resisto a tener un perro se debe —en parte— a eso: a la humillación de tener que sacar una bolsita de papel o plástico, agacharme y recoger el mojón caliente. Me revuelve el estómago pensar en un perro enfermo y diarreico, excretando una mezcla aguada y grumosa.

            —¿Cómo se consigue eso? ¿Cómo le hacen para conseguir una caca firme, dura, manejable? —le pregunto a Royo.

            Royo tiene una carrera de veinte años en la industria de la croqueta. Me corrige: no se trata de croqueta sino de alimento balanceado. Vale, me trago el eufemismo. Royo sigue: se trata de comprimir en un solo alimento todos los nutrientes que necesita el animal: proteínas, grasas, carbohidratos, minerales, fibra. 

            La croqueta es cuestión de clase y Royo me explica la pirámide: al alimento más caro se le conoce como súper prémium. Puede tener proteínas de salmón o cordero, y rondar los 20 dólares por kilo. Esa comida —me dice— es para los perrhijos y gathijos: los animales que duermen en tu cama, que pasean en carreolas y viajan en avión. Luego sigue el prémium, pensado para las bestias que viven en tu casa pero no duermen en tu cama: ese tiene proteína de res o de pescado, si se trata de gatos, y cuesta unos siete u ocho dólares por kilo. Al que sigue le llaman value for money:  se compra por costales de 18 a 25 kilogramos, y la proteína puede provenir de la pluma de las aves. El kilo se consigue a tres dólares y medio. 

            Hay otro más barato: el que compras en la tiendita de la esquina a un dólar el kilo. Ese probablemente no contenga ninguna proteína animal. Ese, me dice, es para perros que viven en los patios: guardianes sin acceso a la vida íntima de sus dueños. Porque casi todas las croquetas, me dice Royo, tienen la misma base: cereales. Los más comunes son soya y maíz, que componen un 60% del alimento balanceado. La excepción puede ser el alimento súper prémium. Algunas de las marcas están libres de granos y su base es la proteína animal.

            Me parece el dato más contundente de la domesticación del perro y el gato: animales carnívoros que hoy devoran cereales sazonados con melaza.

            —Se les pone calcio —me dice Royo— o harina de hueso. Eso permite que la caca salga más dura y sea más fácil de recoger. Pero tenemos que ser cuidadosos porque tampoco hay que estreñir al animal.

            La industria del alimento balanceado crece al menos 2 por ciento al año en México: prueba de que cada vez hay más animales de compañía. O de que ha cambiado la costumbre. Cuando yo era niño, mi amigo Oscarito tenía dos hermosos border-collie. Aunque eran perros carísimos, vivían en la azotea y los alimentaban con cabezas de pollo y arroz. Las sobras del mercado de enfrente.

            Sobras del ayer y sobras de hoy. La industria es un negocio redondo porque se basa en la tecnificación de las sobras. La croqueta es una mezcla de cereales con sobras, pero pasadas por el fetichismo de las mercancías. 

            Los huesos que se desechan en los rastros —los mataderos de reses y cerdos— se introducen en una centrífuga que les extrae lo poco que queda de carne. Luego lo convierten en harina o aceite y lo añaden al alimento balanceado. Digestibilidad es la palabra favorita de Royo. Me habla de moléculas, de porcentajes, de fibras y carbohidratos. 

            Y me da cifras que me dejan estupefacto.

            En México se producen 15 millones de toneladas de alimento balanceado. La mayoría está destinada a engordar a quienes se convertirán en nuestro alimento: pollos, puercos o vacas. Eso me parece razonable.

            De esos 15 millones, un millón 400 mil toneladas es alimento para perros y gatos. Representa cerca del 10 por ciento. También me suena razonable.

            Pero el dato interesante es el siguiente: hay un rubro que en las estadísticas se llama “otros”, en donde se agrupa el alimento para caballo, conejos y gallos. Ese rubro representa casi dos millones de toneladas. Y —me dice Royo— una buena parte de esa cifra es alimento para aves de combate. Gallos de pelea.

            Un gallo come 8 gramos diarios.

            Y la industria le provee alimento para cada etapa de su crecimiento. Existe un alimento para el “emplume”, cuando el ave cambia de plumas, por ejemplo.

            —Es lo que crece más: el alimento para gallos. Los galleros los pelean en derbies, que son torneos, y se apuesta fuerte —me dice.

            Lo escucho y me pregunto: ¿dónde ocurre todo eso? ¿Dónde viven esos gallos, dónde los pelean, quiénes los pelean? Y sobre todo: ¿por qué no me había enterado?

            No tengo ni puta idea del país en el que habito.

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Un año y medio después de ir al hotel boutique de Renán Medina, la madre de mi hija y yo nos separamos. Nuestra relación había sobrevivido a la pandemia de Covid-19 pero no sobrevivió a la crisis de los siete años. Un día, una de las dos partes reunió el coraje suficiente para decir: esta relación ya no me satisface ni es lo que quería. Un año después de esa ruptura me convertí en lo que siempre detesté: soy dueño de un perro. Me he juntado con una mujer que tenía una perrhija y la adopté como mía. Se llama Luna y es una pointer de 25 kilogramos. Ahora soy el papá que malcría: el que le da pollo y atún a escondidas –y le provoca diarreas. Y sí: ahora yo soy el que (a veces) levanta su caca. 

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